lunes, 19 de febrero de 2018

El relato de febrero: "Todos los caminos llevan a Cartago"

Todos los caminos llevan a Cartago

            En el año 210 a.C., Roma claudicó al fin y firmó la paz con Cartago. El éxito se debió sin duda al cambio de opinión, casi in extremis, de los dirigentes cartagineses, los cuales autorizaron a enviar más hombres y equipamientos a su general Aníbal, permitiéndole entonces cercar la ciudad, lo cual supuso, tras un terrible asedio que se prolongó durante varios años, la rendición definitiva de Roma.

            No obstante, la contienda de más de veinte años, que se había prolongado, como una auténtica guerra mundial, la primera de ellas, a lo largo y ancho del Mediterráneo, Iberia, África, la Península Itálica, le había dejado a Aníbal Barca bien clara una cosa: Roma tenía mucho que ofrecer a Cartago, y pese a su odio eterno jurado a los nueve años contra los romanos, pensó que nada podría ser más provechoso para la causa de Cartago –y más humillante para los romanos, por otra parte; aunque las futuras versiones históricas, benignas con Aníbal, tendería a teorizar que le movió mucho menos su deseo de venganza que el sentido de estado-, que convertir a los romanos y a sus aliados itálicos en uno más de los colaboradores de Cartago, en miembro más de un imperio formado por estados satélites. Así pues, lejos de aquellas voces que proclamaban la destrucción de Roma, Aníbal pronunció un legendario discurso, en el que proclamaba que vivos, sus antiguos enemigos podrían ayudarles a ser mucho más fuertes de lo que eran. Los romanos, a pesar de su derrota, se resistieron a formar parte del bando de su propio enemigo; sin embargo, ante la débil oposición de los estados italianos –que por otro lado, se sentían hasta cierto punto felices de ver derrotada a su antigua señora, y aliviados al haberse colocado bajo el mando de un ejército que, al contrario que el romano, no les exigía más batallas-, poco más pudo hacer, y tuvo que claudicar por segunda vez, esta vez, en el terreno de los sentimientos. Además, Roma era en aquella época una ciudad sin tradición ni apenas historia, no fue difícil que asimilaran el vasto andamiaje cultural heredado de los fenicios y ahora defendido por los cartagineses, y los romanos se alegraron también –pasado el habitual recelo frente a los extranjeros- al ver cómo se erigían en su ciudad monumentos y jardines que antes no existían en esa sucia cloaca en mitad de la península italiana. Así pues, los romanos orientaron, tal y como pensaba Aníbal, su patriotismo, la defensa por su patria, a la defensa de los intereses de Cartago. Un cambio de mentalidad que, un tiempo más tarde, sería muy beneficioso para todos ellos, y que a la luz de las circunstancias presentes, y como profundizaremos más adelante, debería recuperarse de nuevo para una revisión histórica.

            Con la conquista de Roma, la anexión de Iberia fue una cuestión costosa, pero que sólo requirió tiempo, después de todo, Cartago ya se hallaba implicada con los pueblos ibéricos mediante lazos comerciales, no fue difícil que ingresaran en el interior de su federación, manteniendo su autonomía a cambio de pagar un tributo. Algunas tribus se resistieron, y durante varios siglos, las antiguas legiones romanas, en colaboración con las falanges cartaginesas, se vieron obligados a combatir a diversos pueblos, hasta que finalmente obtuvieron una conquista completa. En aquellos tiempos, se observó ya lo que sería una constante militar durante siglos, y es que la colaboración de estos dos sistemas de ataque, conjugando hombres procedentes de ambos bandos –el doble de efectivos, por tanto-, y las estrategias más útiles de cada una de sus organizaciones militares, el eje Roma-Cartago se convertía en un poderoso tanque, al lado del cual se hacía muy difícil prácticamente respirar. Por eso fue por lo que los griegos, prudentes, decidieron establecerse como una parte más de la autonomía cartaginesa, garantizando, con ello, la independencia de sus polis, aunque sí a cambio de unas fluidas y muy ventajosas para los púnicos relaciones comerciales. En poco tiempo, el Mediterráneo estaba en paz; y lo era bajo un gran imperio, que tenía como capital Cartago.

            Los historiadores cifran para aquella época lo que ellos denominan, y que ha determinado la mayor parte de la historia de la humanidad, es la “superposición de culturas”. La mayor parte de los eruditos predice que, de haber quedado en derrota, o tan siquiera en tablas, incluso si se hubiera vencido pero si se hubiera destruido Roma, la conflagración de la segunda guerra itálica hubiera marcado el principio del fin del pueblo cartaginés. Tal y como afirmó Polibio, el apogeo de Cartago había sido muy brillante, pero como toda civilización, a un momento le brillo le suele seguir la decadencia, así hasta la conquista de otro pueblo. Fue en cambio, la conquista de Roma, la que permitió obtener a los cartagineses el empuje de nuevos pueblos en ascenso, como los romanos, aprovechando sus fuerzas y su dominio militar. Y esta conjunción de astros permitió a su vez incorporar toda la cultura y la ciencia de los griegos, combinadas las cuales, crearon una cultura grecocartaginesa, la cual se expandió por Roma, Iberia, y todo el norte de África, consiguiendo incorporar a la civilización a los númidas, y la colaboración estrecha junto con un asociado imperio egipcio.

            La superposición de culturas fue la que permitió subsistir al Imperio Cartaginés durante varios cientos de años. De no ser así, de no haberse producido la combinación de una amalgama de culturas las cuales unieron sus fuerzas para lograr una civilización más potente, ninguna de ellas hubiera durado lo mismo que cada una por separado. Más ladelante, Las guerras civiles internas por hacerse con el poder llevaron a la finalización de la república y a un gobierno en manos de un solo hombre, un imperio plural, multiétnico, y esencialmente pacífico, dedicado solamente a defenderse de las invasiones de los bárbaros en la Galia, Germania, etc. No obstante, las relativas escasas fronteras que presentaba el imperio en su zona europea, así como los agrestes accidentes geográficos –Pirineos, Alpes, etc-, que les defendían, mantuvieron estas zonas fácilmente defendibles seguras durante mucho tiempo. No obstante, todo cambia a partir del siglo VII, con la llegada de los árabes.

            El profeta Mahoma, inspirado en gran parte por un cristianismo que se había extendido por todo el Imperio Cartaginés, incitó a sus contemporáneos a la conquista del mundo, expandiendo su religión, su cultura y su idioma por todo el orbe. En el momento en que llegan al Norte de África, se encuentran con un imperio altamente desarrollado en el sentido cultural e intelectual, aunque ya muy empobrecido militarmente. Los árabes engulleron fácilmente la región del norte de África, llegando hasta Hispania, pero no más allá, a causa del clima. Mientras tanto, Italia y Grecia, perdidas a su suerte, fueron invadidas por los bárbaros, que tomaron estas regiones. Es en ese momento cuando Europa deja de formar parte del núcleo más elaborado de la civilización, y cae en un abismo donde la ciencia, la tecnología y la cultura brillan por completo por su ausencia.

            Los árabes mantuvieron un imperio que, una vez más, formó parte de una nueva ola, por segunda vez en la historia, del impresionante fenómeno de superposición de civilizaciones. De haber caído el imperio cartaginés sin más, todos sus vastos conocimientos, junto con los de los griegos, hubieran caído en el olvido, lo cual hubiera supuesto un bache de varios cientos de años, del cual nos hubiera costado mucho recuperarnos, y que hubiera retrasado enormemente los enormes progresos que tantas vidas han salvado (y al mismo tiempo, es triste decirlo, tantas muertes), en nuestra civilización. Pero gracias a la llegada de los árabes, un pueblo organizado tras su contacto con otras grandes civilizaciones en Oriente Medio y Próximo, todo este saber fue mantenido, y por tanto, fue posible desarrollar la ciencia nueva en base a la antigua, sin interrupciones ni discontinuidades, de forma fluida y recíprocamente enriquecedora. Gracias a ello, ya en el siglo X, se desarrolló un método científico, se pusieron los primeros pilares para desbancar la teoría geocéntrica, se desarrolló la teoría de la gravitación universal, y comenzaron las exploraciones marítimas que llevarían al descubrimiento, por parte de ibn-al Hassam, del continente americano. La fragmentación del imperio árabe en varios países no fue un impedimento, sin embargo, para que los recursos naturales procedentes de América desarrollaran de nuevo la economía, la ciencia y la cultura, desarrollándose una feroz competencia entre los países árabes –en los cuales, poco a poco, las presiones religiosas fueron menos estrictas, permitiendo el desarrollo de la investigación sin cortapisas-, que es la que nos ha llevado a los tremendos avances tecnológicos que tenemos hoy en día.

            No obstante, todo este desarrollo no se ha acompañado sin problemas sociales que han afectado, en su mayoría, al conjunto de los trabajadores, y también a los países pobres anexos al extinto imperio árabe, tanto en el lado europeo, como sobre todo, por el lado africano. Después de un largo periodo de conflictos y revoluciones, incluso la creación de un estado comunista en la empobrecida Inglaterra, las presiones populares permitieron una mejora del nivel de vida de los trabajadores, y también la mejora de las condiciones de vida de países como la India, cuyo sufrimiento, por su cercanía geográfica y su historia común con el islam, resultaba fácilmente identificable a los ojos de los árabes, favoreciendo leyes más justas y la colaboración con los más desfavorecidos. Sin embargo, los países africanos situados más allá del Sáhara, asfixiados por la presión colonial, también la región de Norteamérica, sin civilizar y con los indios explotados para obtener materias primas, y los países europeos, olvidados por todos más allá del estrecho –a todos nos conmueven las imágenes de esos niños blanquitos hambrientos, soportando los fríos inviernos, entre las ruinas de la antigua Roma-, fueron condenados al ostracismo y a la pobreza. Más allá del Estrecho, nos olvidábamos de todos, como si no fueran seres humanos.
                       
            Por eso, no es extraño, como quiero resaltar en este artículo, que nuestra pobre actitud contra ellos se haya tomado venganza. Entre la pobreza y la marginalidad, el cristianismo se ha vuelto radical en esos países consumidos por el analfabetismo y la ignorancia, fácilmente manipulables por líderes religiosos que proclaman su odio contra el Sur y contra su poder omnímodo. Ante esta situación, no es extraño que individuos procedentes de países con nombres impronunciables –Francia, Reino Unido, Alemania, regiones cargadas de duros climas de nieve y de lluvias-, se hayan organizado para dañar las estructuras más esenciales de nuestra civilización, y atacar a nuestros núcleos de riqueza, poder y orgullo. La situación se ha vuelto para ellos insostenible, y bajo esa situación, no sería extraño que el fundamentalismo cristiano volviera a atacar de forma dramática y mortal. Hemos convertido el mundo en un infierno para buena parte de la humanidad que vive en él: sólo de nosotros, haciendo partícipes a otros pueblos de la riqueza que ahora poseemos, podremos poner freno a esta oleada de odio anti-musulmán, y hacer que todos nosotros podamos subsistir en paz.

            Hemos de recuperar ese espíritu, ese eje con el que hemos comenzado el artículo, Roma-Cartago, norte-sur, y que al inicio de nuestra civilización tantos buenos frutos nos procuró, e intentar que la colaboración sea la máxima que rija las relaciones de nuestros pueblos, en lugar de instigar la separación entre los mismos.

            De no hacerlo, agresiones como la de esos aviones que se han estrellado sobre las Torres Omeya en El Cairo, lejos de constituir un hecho aislado, no habrán hecho más que empezar.


Muhamed al Nimri es catedrático de Estudios Europeos por la Universidad Nacional de Túnez.

lunes, 12 de febrero de 2018

El libro de febrero: "Noli me tangere", otra perspectiva

Hace algún tiempo ya comentamos la obra "Noli me tangere", la definición de Filipinas a manos de su héroe nacional, José Rizal. No obstante, resulta interesante, a pesar de todo, traer a colación este artículo de opinión que me pidió un amigo filipino acerca de cuál fue la impresión que me produjo, como español, leer un libro sobre un escritor que le pedía a mi país que dejara de tratar al suyo como una colonia y que, si no era capaz, que le concediera la independencia. Soy testigo directo de cómo mi amigo trató esta extraña mezcla de "crítica literaria" y "sociología histórica comparada" con mimoso esmero, pero aún así, debido a dificultades editoriales a las que muchos de nosotros estamos acostumbrados, el artículo no llegó a ver la luz, motivo por el cual decido ahora mostrároslo. El texto se redactó originalmente en inglés y como tal os lo transcribo, con tan sólo alguna nota explicativa (no le vería sentido traducir un texto que se redactó específicamente para gente de otras latitudes, y hablantes de otra lengua), y a pesar de mis muchos errores semánticos y sintácticos, estoy casi seguro de que conseguiréis desentrañarlo. Otra opción, en todo caso, si veis que mi inglés o el vuestro no ayuda, es preguntarme por su significado, o aún mejor -como siempre-, os emplazo a leer el original y, como el Pierre de Menard borgiano reescribiendo El Quijote, llegar a las mismas conclusiones que yo por otro lado. Lo cual, por paradójicas que parezcan mis divagaciones, en realidad, es bastante probable, o al menos creo que no os costara demasiado.

Aquí va el texto:

How reading Noli me tangere got me closer to the Pinoys (1)

                From my years in university, when I met a group of Philippinos, I had dreamed to visit their country, but never found the right moment. So, when a couple of friends told me they were marrying in Boracay, I thought it was the perfect excuse. As I usually do when I travel, I tried to get some books that could be useful as a cultural reference. One Philippino pal recommended me the first novel of José Rizal, Noli me tangere, and I decided to follow his advice.
I must confess I did not know much about Rizal until then: I knew he was considered the father of Philippines independence and, so, Noli me tangere was a relevant book for the country, similar, for young students, to our Don Quixote. However, my knowledge ended there. In Spain, we usually analyze the independence of the Philippines from the Spanish point of view. In that version of the story, we lost the last remainings of what was, in the past, an overwhelming empire, and that fact became a national humiliation. We are conscious that we lost our empire due to our own mistakes, and, from 1898 on, we assumed we were a second-order nation in a long process of decadence. But we are never told about the vision of the same story from the Philippino side. In fact, few Spaniards know much about colonial society in Spanish empire, and I learnt nothing in school about Philippines.
I am not going to speak much about plot of Noli me tangere, because most of you already know it. From the literary point of view, I was surprised to find Rizal’s style (despite physical distance) similar to the one you can find in other European authors from same period, as Emile Zolá or Spanish writer Vicente Blasco Ibáñez -who, in fact, collaborated with the corrections of Noli me tangere-. While reading the novel, I admired ironic, quite intelligent sense of humor of Rizal, and also the modernity of the arguments he defends in the very intense dialogs of the story. As I imagine it happens to everybody, I felt impressed the first time I read about the multi-faced biography of Rizal, and cannot avoid a reaction of pain when I think on the sadness of his last days.
However, I think we all agree that the most crucial moments of the novel are those in which Rizal complains about the way Spain treats the Philippines, and claims for a change in the relations with the metropolis. I imagine that these paragraphs must look the most difficult to read for a Spaniard and, in fact, many of my friends get shocked when I say I have read a book <<against the Spaniards>>. But, on the contrary, my feeling is the opposite: I think that, after the lecture of Noli me tangere, I have found lots of things in common between Philippinos of that time and Spaniards of the same period and, even, with Spaniards of the present moment. I know this theory can look surprising, but I will try to explain it.
In his novel, Rizal talks about the way Spain administers its colonies: there, local government follows rules from the distant capital, trying to favor the interest of a short minority of the population (the Spaniards). There is an excessive authority of Catholic Church in the islands, where all what the priests demand is obeyed as law. Rizal complains about difficulty for Philippinos to earn enough under colonial system, and how poverty leads them to crime, making poor people be chased by police (in that moment, the <<Guardia Civil>>). Also, he criticizes the way Spanish authorities silence those who protest against their way to do things, employing a perverted justice to condemn critics. Rizal also underlines the division of Philippinos between those who want to maintain the old traditions, and the ones who are fighting for a new way to do things, with no real chance of progress for population.
My first impression -when I read those lines- was amazement to find an incredible number of resemblances with what I had heard about my own country in the XIXth Century. For example, in Spain we also had problems with uncontrolled power of Catholic Church in routine life and politics –some people even think it has too much yet-. Furthermore, during XIXth and XXth century, there was a great fight in Spain between liberal and conservative party about how things should be done, resulting of which no real advances could be developed for that period. In that sense, Spaniards in the time of Rizal (who, in fact, lived in the metropolis for a while) should share some common feelings with the Philippinos about Spanish regime.
But, in fact, I was surprised on how easy was to draw parallelisms with Spanish situation right now. As you probably know, Spain has been one of the most affected countries by the economic storm which started on 2007, and it is far from recovery yet. High unemployment, people losing their homes, worsening work conditions, have become the common day-to-day. What is more, in these moments, when Spaniards expected more from their country, news about corruption and how politicians make laws which are good just for a high-class elite, fill mass media. This <<cast>> is also accused of employing justice and police to protect their abusive situation against poor people. In addition, Spain belongs to European Union, and, in the last times, decisions about internal politics have arrived from distant Brussels without any chance of discussion. So, if you substitute that privileged elite we have mentioned by <<Spaniards>>, and common people by <<Philippinos>>, you have a social situation which does not differ much from Philippines in the XIXth Century.
Of course, this is a simplification. Spain has problems but, even now –although great improvement in Philippines in the last years-, they are far away from challenges that Philippinos must front in the present days. And, of course, lives of modern Spaniards are much better than the ones Rizal’s coetaneous had to develop a century ago. However, similarities are there, and also the aim of some people –as Rizal in its time- to improve situation.
As I told before, I visited Philippines recently. I was in touristic Boracay, in beautiful Taal volcano and Pagsanjan river, in surprising Bohol, and also in overcrowded Manila. I had the opportunity to contemplate by myself some of the paradoxes of the country, as watching skycrappers in Makati in the same view of slums in Intramuros. From my visit, and also from Pinoy friends in Spain, I feel jealous of the capacity of Philippinos to remain optimistic in every situation despite enormous troubles, while Spaniards complain too much about –comparatively- tiny things. In that sense, I feel Spaniards have lots to learn from our former colony.
Noli me tangere also caught me by the solutions Rizal proposed for the problems of his nation. He preferred to change things by pacific methods, and working in collaboration with his enemies, than declaring war to them. Rizal was, however, a great revolutionary, who fought hard and sacrificed much in order to get a better world. Nowadays, many Spanish civil groups are also trying to change society in a non-violent way, asking for more democracy and better opportunities for low-class people. I like to imagine that Rizal would have shared the wish for these aims.
In the end, I think another great connection between Spain and the Philippines comes from the figure of Rizal. When I look at the image of Rizal in “peso” (2) notes, I see the face of a Philippino. But, when I read his sentences, I find the prose of a Spaniard who speaks my language, has studied the same classic books, and exposes ideas who are not very different from mine. Rizal is the best example of how a man can be 12,000 km away and, however, be called your brother. I probably feel as much Spaniard as Rizal considered himself a Philippino. Nevertheless, I have clear that the nation that is formed by people like Rizal, is the one I want to belong to.

      (1) "Pinoy" es el apelativo cariñoso con el que los filipinos se denominan a ellos mismos.
(2) El peso es la moneda de uso cotidiano en Filipinas.

lunes, 5 de febrero de 2018

La historia real de febrero: beguinas

Ser mujer en la Edad Media era muy complicado. Por no decir jodido. En realidad, ser mujer es complicado en cualquier tiempo, y a cualquier edad. Pero volvamos a la Edad Media. A las obvias dificultades tecnológicas (entre otras inclemencias del tiempo o enfermedades, aunque ésas las sufrían todos), añádele también cuestiones ginecológicas, de higiene femenina, un machismo recalcitrante, y la asfixiante posibilidad de que te acusen de bruja en cualquier instantes. La mujer pasaba de ser "hija de su padre", a tener sólo tres opciones para elegir: casarse con un marido -que mandará en todo-, casarse con Dios -casi que lo mismo-, o meterse a puta, para que todo el mundo le mande. Como decimos, no era buen panorama. Sin embargo, la Edad Media, ese período oscuro donde parece que el tiempo se detuvo durante casi un milenio, fue un lapso de tiempo muy amplio, ocurrió en muchos sitios, y se produjeron de vez en cuando algunos pequeños destellos que no tuvieron que esperar hasta el Renacimiento para hacer que pequeñas cuestiones relacionadas con la vida de la gente evolucionaran a mejor. Entre estos hitos destacados, sobresale la iniciativa de las beguinas. Nadie sabe muy bien cuál fue su origen (de hecho, alguna teoría dice que la idea la tuvo un hombre), pero el concepto es aparentemente sencillo: un grupo de mujeres que no quieren casarse, que tampoco quieren meterse a monjas, y que prefieren vivir en comunidad aunque siendo siempre ellas mismas, y consagrando su vida a Dios (porque, en el católico medievo, a algo tenían que dedicarse), sólo que en forma de auxilio a los pobres, contribución en hospitales, o metiendo el cerebro, incluso, en labores intelectuales. Desde ese punto de vista, si una mujer quería vivir independientemente de los hombres y no bajo la disciplina de un convento, no era la peor opción.

Beguinario de Brujas (fotos del autor)

Lo de la disciplina conventual es importante. Las beguinas tenían sus reglas, pero no eran tan estrictas como las de las monjas, y sus comunidades eran mucho menos jerarquizadas. Vivían en los llamados beguinarios o beguinajes, unos pequeños barrios semi-cerrados situados normalmente cerca de las iglesias u hospitales donde realizaban sus labores, y aunque compartían casa (donde podían vivir un número variable de beguinas), no necesariamente tenían que dormir en la misma habitación -hay que decir que cada beguina traía consigo aquellos bienes materiales que consideraba oportuno, y las diferencias de clases sociales se marcaban mucho en la residencia de cada una. Las beguinas, como hemos dicho, a pesar de consagrar su vida a las buenas obras, no eran monjas, y podían recibir visitas masculinas, aunque eso sí, debían abandonar el beguinario antes de la noche, por aquello de las formas del decoro. Por otro lado, una mujer podía dejar de ser beguina cuando quisiera, incluyendo por supuesto para casarse (esta forma de vida, obviamente, no era compatible con el matrimonio). Los primeros beguinarios se crearon en Lieja en el siglo XII, y se expandieron rápidamente, sobre todo en el norte de Europa: el beguinario de Brujas es de los más grandes visitables, aunque los de Gante y Colonia contaban por miles sus integrantes. Tanto triunfó el movimiento, que hasta surgió uno paralelo en forma masculina, los begardos. Hasta el siglo XIV, se trató de un movimiento en expansión.

En un post anterior hablamos de las beguinas de Rostock, ninguna de las cuales ha pasado a la historia por su nombre propio. Pero en otras comunidades sí existieron beguinas famosas, particularmente aquellas (Hadewych de Amberes, Matilde de Magdeburgo, entre otras) que se dedicaron a la escritura. Su importancia es tal, que se dice que muchas lenguas modernas (flamenco, francés, alemán) empezaron a organizarse en torno a sus textos. Las mujeres de estas comunidades escribían principalmente sobre temas espirituales, y aunque no eran monjas, argumentaban estar siendo inspiradas de manera directa por Dios. Muchas de sus obras relatan sus experiencias místicas, que establecieron un nuevo tipo de fervor religioso que se hizo muy popular en aquella época. Tal vez fue esa popularidad, precisamente, lo que las condenó.

Al principio, la Iglesia toleró a este movimiento, que no le estorbaba y en principio decía servir a Dios. Pero luego, se fueron metiendo en una serie de cuestiones que a la Iglesia no le entusiasmaban, y que continuaron siendo una tumultuosa fuente de conflictos hasta que éstos implosionaron, en la Reforma impulsada por Lutero, de manera definitiva. Entre otras cosas, las beguinas, al redactar sus poemas místicos, decían comunicarse de tú a tú con Dios sin necesidad de intermediarios, cosa que a los eclesiásticos no le hacían ninguna gracia. Además, redactaban sus escritos en lenguas vulgares, no en latín, con lo cual, hacían más accesibles los textos sagrados y, una vez más, obviaban el papel de los sacerdotes en la interpretación de las escrituras (una cuestión que, también, fue fundamental a la hora de la ruptura con la herejía protestante). El punto de inflexión de las relaciones de la Iglesia con las beguinas lo marca el juicio a Margarita Porete, una mística de Valenciennes que tenía como delitos proclamar en su libro "El espejo de las almas simples" una comunión directa con Dios, y haber escrito dicho texto en francés, su lengua vernácula, actos que, como hemos mencionado antes, eran comunes a un abundante número de beguinas que, por el contrario, nunca fueron acusadas. La acusación se vuelve más arbitraria todavía si tenemos en cuenta que Margarita Porete afirmaba haber sido asesorada en sus escritos por respetadas autoridades eclesiásticas. No obstante, quizás el secreto de qué encontró realmente de satánico la Inquisición en sus páginas debamos quizás hallarlo en cierta frase aislada, en la que arroja alguna pullita hacia la forma de interpretar la Biblia por parte de clérigos y teólogos. Sea por lo que fuere, la inquisición francesa se lo toma de manera personal y presiona a Margarita Porete y a su correligionario, el begardo Guiard de Cressonessart. Este último cede y se declara culpable, pero Porete se niega a abjurar de su libro y sus ideas e incluso a colaborar con el inquisidor, por lo que es condenada a la hoguera en una ejecución en la que -dicen las crónicas- las multitud quedó sorprendida por su serenidad. Lo más paradójico de todo es que (como suele ocurrir) la prohibición de libro de Margarita Porete no consigue acallarlo: más bien al contrario, la Iglesia lo había traducido al latín para los juicios, y a partir de esa versión surgen copias en otros idiomas, entre otros en inglés. Porete ha muerto, pero callando al mensajero, su mensaje ha triunfado.

Es entonces la Iglesia tiene un problema, y como suele ocurrir con otras grandes macroinstituciones cuando se enfrentan a movimientos de amplio respaldo popular, la Iglesia emplea todas las armas bajo su mano, tanto el palo como la zanahoria. Cuando ocurrió la herejía albigense, la iglesia ordena perseguir a los cátaros (y lo hace con la espada, a sangre y fuego), pero también funda la orden dominica, encargada de demostrar que la Iglesia también puede ser pobre y caritativa. Y aunque a los dominicos cabe atribuírsele un gran interés por el conocimiento -ya destacamos su labor a favor del pensamiento, entre otros lugares en Salamanca, en este otro post- en las ciudades donde fue más destacada la herejía albigense se encarga de blanquear la masacre que las autoridades eclesiásticas habían montado en la zona, creando uno de los mayores monumentos a la hipocresía con la edificación de la catedral de Albi, con exterior de ladrillo, humilde y modesta (relativamente) por fuera, y de una riqueza y opulencia obscenas por dentro, no distinta de la de muchas otras iglesias, pero por el contraste con el contexto, una ofensa de marca mayor. Del mismo modo, cuando llegó la Reforma, aparte de enromes condenas, bastantes guerras, y persecución de herejes incluida, la Iglesia montó una Contrarreforma, tratando de que luteranos y calvinistas no les robaran a los fieles, y buscó mostrarse algo más amable y dialogante, de un modo que no volvería a intentar hasta el Concilio Vaticano II. En el caso de las beguinas, por no ser menos, la iglesia vuelve a dar una de cal y otra de arena: en el Concilo de Vienne, con el caso de Margarita Porete aún coleando, las obligan a desaparecer pero, nueve años después, un nuevo papa dicen que han enmendado sus formas y pueden proseguir su labor. A partir de entonces, la biografía del movimiento de las beguinas se vuelve una historia de continuos roces con la iglesia oficial, que presiona a través de bulas y órdenes inquisitoriales. Los métodos podían ser más indirectos o explícitos: desde la prohibición de que trabajadores laicos pudieran actuar en hospitales (con lo cual privaban a las beguinas de buena parte de sus tareas), hasta confiscación de sus bienes para pasar a manos de las carmelitas, o nuevas normas que presionaban a las beguinas para ingresar en esta última orden. Ante todas estas dificultades, los beguinarios decaen y se van vaciando. Muchas de sus integrantes, con la Reforma, aprovechan para escapar de esa iglesia a la que tanto ayudaban y que ahora quiere oprimirlas. En el siglo XVIII, siguen decretándose medidas contra ellas. Es evidente para todos que la gran época de las beguinas, en fin, ha pasado.

Catedral de Albi, ¿la belleza está en el interior?

No obstante, siguió habiendo beguinas hasta una época muy reciente. En concreto, la fecha es 2013. Marcella Pattyn, por poner nombres, había nacido en el Congo belga. Era ciega, y ningún convento quiso aceptarla. Finalmente (como en una extraña alegoría de cómo se desarrollaron los acontecimientos a través de la historia), sólo encontró refugio en la comunidad de beguinas en Gante, que aún contaba con 260 componentes. Allí, se dedicó a cuidar enfermos. Luego se mudó a Kortrijk, acompañándolas otras ocho compañeras.Todas desaparecieron hasta que ella murió, poniendo punto y final a un movimiento que entre nueve y diez siglos había durado. Una forma de liberación que se le presentó por delante a la mitad siempre menospreciada de la humanidad, la cual, a falta de otras opciones, reclamaba el derecho a no ser hijas de nadie, esposas de nadie, putas de nadie, simplemente, "mujeres". Como tenía que ocurrir, ni con eso las dejaron en paz. Sin embargo, su presencia sigue visible, en los beguinarios aún en pie, en los nombres de las calles. Unas mujeres del pasado con las que estamos hermanadas, de una manera u otra. Hoy serían voluntarias, viajeras, médicas, enfermeras, filósofas, escritoras, profesoras, trabajadoras sociales. Algunas dicen que se dedican a Dios, y otras han consagrado a la humanidad a su vida: pero no por ello dejan de ser mujeres, sin necesidad de que ningún hombre las tutele. Todavía sigue habiendo beguinas; siguen existiendo, y están al lado de nosotr@s.

miércoles, 31 de enero de 2018

La historia corta de febrero: "Hotel"

Esta noticia es real. Un hotel lanzó una oferta de empleo para la cual se requería entregar el currículum presencialmente y no online. Bajo el hotel se formó una larga cola que duró horas, con personas vestidas de punta en blanco (pues el trabajo exigía buena presencia), mientras algunos, desesperanzandos, abandonaban la fila a causa de la gran afluencia de gente. En realidad, hoy en día, con los medios telemáticos que existen, ninguna compañía requiere de tanta gente acudiendo en persona, y se cree que esto sólo era parte de una estrategia publicitaria por parte del hotel. Ante esta noticia, se leyó, en las redes sociales el siguiente comentario:

Y aquí -y seguro que también mi amiga XXX XXX-, me imagino por supuesto a Cortázar narrando una historia, con cientos o miles de parados aguardando días o semanas, montando tiendas de campaña, organizando paellas los domingos, con partidos de fútbol y de petanca, compartiendo películas en el móvil, casándose, reproduciéndose, teniendo hijos, en familias que pasarían toda la vida haciendo cola en busca de un empleo que no existe, guardando sitio en la fila por si sus hijos tienen la suerte de obtenerlo, e incluso permaneciendo allí después de haber sido reconocido el engaño, para no admitir ante sus amigos que todo este tiempo perdido ha sido un error. Mientras tanto, algún inconsciente niño contemplará desde la ventana a esas personas trajeadas, portando en una carpetita todas sus ilusiones y sueños desechados, y le preguntará a su madre: "¿Qué hacen esos?". La madre le contestará: "Buscan un trabajo, pero en realidad se están riendo de ellos". Y el niño contestará, con esa ingenuidad que anuncia verdades: "¿Y a qué están esperando para organizarse y hacer algo?".

lunes, 22 de enero de 2018

El relato de enero. Cuentos fantásticos (VII): "El árbol". Esbozo de un cuento.

El árbol
(Esbozo de un cuento)
                                                                     
            La planicie era una llanura extensa, inhóspita y sombría. En ella no había nada cuando llegó Iselmo, ni siquiera se encontraba en pie aquel roble centenario del que tantos mitos se narraban y acerca del cual Iselmo tanto había oído hablar. Sin embargo, esto no era nuevo para el roble, que ya había sufrido en otros tiempos el acoso de terremotos, incendios e inundaciones, pero que, después de todos ellos, más tarde o más temprano, desde lo más profundo de sus raíces, volvía de nuevo a surgir. Iselmo consideró la ausencia del roble –y por tanto, su futura emergencia-, como muy oportuna, pues venía a coincidir con el cambio de dueño de estas tierras que Iselmo había adquirido días atrás y, por tanto, el crecimiento del roble sería paralelo a su propio ascenso como terrateniente. Tuvo suerte, le comentaron los aldeanos a Iselmo. Tuvo suerte, porque en cualquier otra circunstancia, la compra de los terrenos le hubiera costado una pequeña fortuna, pero se daba la casualidad de que esta tierra, esta zona en particular, la más fértil y próspera de la comarca –salvo aquella amplia planicie en la que tan sólo se erigía el árbol-, había quedado sin dueño debido a un acontecimiento ya muy lejano en el tiempo (tanto, que la historia de los anteriores moradores se perdía en el olvido) que los habitantes del lugar consideraron temible, también sospechoso, y que los supersticiosos del pueblo, poco dados a creer en casualidades, asumieron como consecuencia de una maldición que se había enraizado en la tierra como una mala hierba, y que no podría ser erradicada jamás. Porque al fin y al cabo, ¿cuántas posibilidades hay de que un rayo te caiga encima, en mitad de una noche de tormenta, cuando podrías estar refugiado en tu inmensa mansión al final de las llanura, llena de todo tipo de lujos y comodidades, repetimos, cuántas posibilidades hay de que salgas fuera, y un rayo te caiga porque te has colocado debajo del único árbol, qué loco sería capaz de dirigirse hacia un árbol para refugiarse de los rayos, si todo el mundo conoce la historia de Lutero y la tormenta, él se refugió en una cueva, por qué no refugiarse en una cueva, hay algunas cercanas a la planicie, pues nada, va y se refugia debajo de un árbol, cómo demonios se le pasó esa idea por la cabeza? Claro, se decían los aldeanos, que mirado de otra manera, esa insensatez era un lógico epílogo al último capítulo de la dinastía a la que pertenecía este hombre, una estirpe casi olvidada, pero que los habitantes de la comarca recordaban como cruel, tiránica, despótica y miserable, con acusaciones acerca de haber cometido barbaridades de todo tipo y una larga leyenda negra de terror y de infamia a sus espaldas, la cual ensombreció la vida y cubrió con nubes las almas de toda la región, hasta que finalmente un rayo (o un acto de justicia divina) acabó con el último heredero. Sus huellas desaparecieron de la superficie de la Tierra, su nombre fue borrado con ahínco hasta que no se recordó en la que antaño fue su casa, y finalmente, la zona quedó baldía, con el árbol todavía sin crecer… Le costaría recuperarse de la caída de aquel halo de fuego procedente del cielo. La recuperación quizá no llegaría hasta el próximo dueño, pero, mientras tanto, nadie quería comprar las tierras, porque muchos temían que, si bien no el rayo, la maldición sí siguiera allí, y afectara a todos aquellos que se atrevieran a pisar la llanura, y a abrir de nuevo las puertas de la maléfica casa... Pero Iselmo no tuvo miedo. Después de todo, no llevaba nada en los bolsillos. Lo poco que tenía, se lo había gastado en las tierras. Así que simplemente, cogió su azada, y accedió, él solo, a aquella superficie que nadie quería pisar...

            Conforme penetraba en sus recién adquiridas tierras, un solo objetivo (como si se tratara de un potente faro en mitad de la opaca niebla) le alumbraba en su camino, y era el tocón requemado de lo que quedaba del árbol. Una vez llegó allí, Iselmo dejó la azada, la apoyó en el suelo, colocó sus manos sobre el extremo, dejo el mentón caer sobre el envés de las mismas, y contempló la tierra yerma, el páramo desolado, el árbol aún muerto, y encontró, no supo por qué, una relajadora paz en su interior, como si en estos momentos todo se encontrase en orden. Y era extraño, porque él era un agricultor; su trabajo era dar vida, ver cómo las cosas evolucionaban, y sin embargo, se sentía calmado allí, rodeado de la inerte, inalterable sensación de muerte. De repente, mientras contemplaba aquella tierra que llevaba quizás más de un siglo virgen, percibió de refilón un destello de luz bajo sus pies. Al agacharse, encontró un objeto extraño: era una especie de estrella de cinco puntas metálica, aunque sólo era sólida en las aristas, pues el interior del polígono era hueco. Cuando la tomó, arrancándola de la tierra, arrastró consigo una cuerdita que indicaba que aquel objeto era parte de un colgante, quizás un amuleto de la suerte. Iselmo meditó entonces que, si este amuleto pertenecía al último dueño de las tierras, desde luego no le había proporcionado demasiada fortuna, pues sin duda su presencia sobre el pecho de ese hombre, bajo la copa del árbol, había ejercido de magnífico atractor de rayos para convertir al susodicho en una antena biológica, y posteriormente en ceniza y en un cadáver que los aldeanos retiraron en un carro de caballos procurando no tardar mucho y no mirar mucho atrás. Quizás, se dijo Iselmo, el hombre creyó que el amuleto le protegería de la tormenta, y por eso se refugió bajo el árbol; pero, sin embargo, aquello fue precisamente su perdición. El nuevo dueño de las tierras se preguntó qué hacer con este objeto: “Por un lado, no es mío”, pensó, “le pertenece al muerto; por otro lado, he comprado estas tierras, y por tanto me pertenecen, con sus minerales, sus gotas de agua, y todo lo que contienen o alguna vez han de poseer”. A Iselmo, además, le atraía esta última idea de considerar que todo lo que antes había pertenecido a la malvada dinastía ahora era suyo, para reconducirlo a fines más útiles y seguramente prósperos para la sociedad. Y por eso, desafiando la superstición (los aldeanos se hubieran persignado ante ese gesto), colocó el polvoriento colgante alrededor de su cuello. Luego, tomó la azada a su espalda y continuó avanzando hacia la casa. Debajo del árbol, ya no había ningún brillo.
            Después, todo ocurrió muy rápido. El hombre trabajó duro, cultivó la tierra; ésta fructificó; volvió a convertirse en una llanura próspera y fértil. La riqueza permitió al hombre reformar la casa, apuntalar vigas, convertirla de nuevo en un paraíso de la época colonial. Más adelante, el hombre encontró una mujer, se enamoró, tuvo unos hijos. La casa, antes vacía, se llenó de vida, de agricultores que comían todos juntos bajo el mismo techo, de servidumbre, de los hijos de todos éstos, de hombres de negocios que venían a comerciar. Se convirtió en una pequeña Utopía, un diminuto mundo ideal, donde se respiraba la felicidad y el alborozo. Y ocurrió todo así, hasta que un día, a Iselmo, en un arranque de lujuria, y atraído por los pechos de una criada que aspiraba a no serlo toda la vida, se acostó a escondidas con esa mujer.
            A partir de entonces, el ambiente cambió, a lo largo de muchos años: la Atlántida degeneró, y se convirtió en un mar de ponzoña. Iras, envidias, resquemores, incestos, una fauna y un mundo maldito repleto de personajes siniestros, y de víctimas inocentes castigadas sin piedad. Iselmo, convertido en el cacique del lugar, pasó de anteriormente venerado a transformarse en el ogro del cuento, contra el que advierten las abuelas en sus relatos mitológicos. En un momento determinado, el proceso se aceleró y la prosperidad se fue muy deprisa, tan rápido como había venido: la casa se vino abajo, se caía a trozos, por dentro y por fuera. Bajo las rencillas internas, todos se fueron marchando: los hijos, su mujer traicionada, los agricultores, los criados. Tan sólo quedaron Iselmo, un ya cincuentón y endurecido Iselmo, y esa criada de la infidelidad original, quien ahora almacenaba todas las joyas como una urraca sitiada, pero no podía salir de su casa, ni tenía a nadie frente a quien pudiera lucirlas. Consumida por la brutalidad del anciano, sufriendo una penitencia que consideraba excesiva para el delito cometido, la desdichada mujer trató de huir en una noche de tormenta. Iselmo, borracho y desesperado, salió corriendo tras de ella.
            -¡Ven aquí, zorra!-le gritó, invocándole al viento-. ¡Ven aquí!
            En su rabia y su ira, no se dio cuenta de que llovía, de que había truenos y relámpagos cayendo a su lado, y de que en su búsqueda enfervorizada, estaba pasando muy cerca del árbol.
            Cuando se dio cuenta, volvió la vista hacia el amuleto. Aún seguía colgado sobre su cuello.
            Y justo antes de que cayera sobre su cuerpo el fuego purificador, comprendió que el tirano que había muerto hacía años, ése cuya familia dejó indeleble aquella mancha de dolor en la comarca -la cual se había transformando en leyenda negra-, aquel monstruo terrible que merecía morir por sus pecados...
… era él.

            El rayo cayó, y ni siquiera dejó los huesos: se volatilizaron instantáneamente, dejando sólo el amuleto tras de sí.

lunes, 15 de enero de 2018

El libro de enero: "Por orden de desaparición", de David Torres


Descubrí a David Torres a partir de sus columnas en la prensa y, más tarde, tuve la ocasión de que me firmara en la Feria del Libro de Madrid su novela "Todos los buenos soldados", un pequeño delirio sobre los grandes delirios de España que empleaba como uno de los personajes principales a Miguel Gila (cuya historia da para una comedia, una tragedia, una novela y más de una llamada telefónica) y como telón de fondo la injustamente olvidada guerra de Ifni. David Torres, acostumbrado en sus columnas a combatir de manera periódica a grandes y mediocres villanos entre los que se incluyen famosos y políticos, es un periodista y escritor que tiene en común con los grandes boxeadores la virtud de repartir frases como quien reparte puñetazos, haciéndome recordar aquella frase de Andreu Martin de "Me gusta que la violencia en mis novelas duela. También la que ejerce el bueno". En ocasiones, Torres se pone el mono de arrojar críticas furibundas e incluso broncas, y entonces coloca en su mano un mazo; pero cuando saca el arma de la ironía y el humor, porta en su brazo una espada, y es cuando corta las lonchas más finas. Sin embargo, en este caso, en una recopilación de los artículos periodísticos que ha dedicado a lo largo de los años a biografías y obituarios, toma el cincel y el martillo y se pone el traje de escultor para reconstruir ante nosotros una serie de figuras que, en buena parte de los casos, se pasaron la vida construyéndose a sí mismas, aunque a veces nacieron directamente del mármol en un parto casi natural. Torres, mientras tanto, prosigue con sus puñetazos en forma de frase, escogiendo cuidadosamente tanto las propias como las ajenas, referidas al personaje correspondiente desde su génesis  o, en cambio, aquellas que en su origen trataban acerca de otra cosa, pero que encajan perfectamente con el individuo a colación. En ese sentido, tiene razón Román Piña, el autor del prólogo del libro, quien elogia el conocimiento enciclopédico de Torres sobre determinados personajes y materias; mi teoría es que ese conocimiento no proviene sólo de la investigación y la erudición sino, sobre todo, de una admiración que ha hecho que este conocimiento, en lugar de escapar por los huecos de la memoria, se le quede adherido en la suela de las páginas. Estos personajes, grandes hitos de los siglos XIX y XX, tienen en común que al autor de este libro le resultan fascinantes desde algún punto de vista, y su biografía por tanto se convierte en una especie de reverencia, reflejando no sólo las obsesiones de sus protagonistas, sino también las de Torres: hay muchísimos músicos, montañeros (al fin y al cabo el escritor fue guionista de "Al filo de lo imposible", y sobre las altas cumbres se han escrito las mayores gestas y las traiciones más viles), por supuesto escritores, una larga pléyade de estrellas de cine (pero estrellas de verdad: Jack Lemmon, Ernest Borgnine, Katherine Hepburn, Eleanor Parker, James Cagney, Anthony Quinn, Bob Hoskins, Eli Wallach) y mucho personaje estrafalario. Algunos de los individuos reflejados son inaguantables, otros poseen defectos tan colosales como sus ciclópeas virtudes, unos poseen un ego del tamaño de catedrales, y otros preferían concentrarse sólo en su arte y pasar, si era posible, casi de puntillas por su propia vida. No sé qué me ha llamado más la atención del libro, si los personajes que ya conocía y de los que se cuentan sus anécdotas por miles (Orson Welles, Borges, Dalí, Muhammad Ali, Ray Bradbury, Oscar Wilde, Ernest Hemingway, Frank Sinatra), o en cambio aquellos de los que no sabía nada y de los que he aprendido en grandes dosis (el surrealismo proletario de Burgess, la voz desgarrada de Billie Holiday, la dulzura de Klaus Tennstedt, el sonido atronador de Lemy Kilmister, la benigna extravagancia de Thelonius Monk). De todos estos individuos, y los que de manera colateral aparecen retratados, podemos estar de acuerdo o no con Torres acerca de la grandeza o irrelevancia de sus obras (a algunas de las cuales me ha servido para acercarme), ya sean composiciones vitales, artísticas o literarias, pero lo que no cabe duda es de la pasión que ponían en las mismas, y que Torres transmite a través de la pasión de las palabras. Como dice Román Piña en el prólogo, con obituarios así, dan ganas de morirse, aunque uno sea un perro (pues le dedica un artículo al español Excalibur y al griego Lukanikos); pero es que no cualquier individuo se merece un homenaje, y en cambio, para merecer un homenaje, frente a algunos individuos, basta con ser cualquier perro.

sábado, 6 de enero de 2018

La historia real de enero. Madrileños ilustres: el tercer Pablo Iglesias


Estamos en 1822. España, tras una sangrienta lucha contra los invasores franceses, tiene por fin libertad para gobernarse a sí misma. Sin embargo, no hay unanimidad sobre cómo hacerlo. Las Cortes de Cádiz obligaron a Fernando VII a jurar la Constitución que habían aprobado años antes. Fernando VII acepta al principio pero, nada más puede, da por roto su compromiso y vuelve a los hábitos absolutistas. Sin embargo, en 1820, el general Riego, al mando de un destacamento cuyo objetivo era sofocar las revueltas en América, se vuelve en contra del rey y le fuerza a renovar su juramento. Durante tres años, el conocido como Trienio Liberal, Fernando VII acepta la presencia de un gobierno constitucional en España, pero eso no significa que vaya a quedarse quieto. Durante ese período, se codea con frecuencia con un grupo de militares de ideas afines, a los que va integrando en su Guardia Real. Un día de 1822, el 7 de julio, este cuerpo militar se rebela con el objetivo de restaurar la situación anterior. Enfrente, se encontrará con una Milicia Nacional a favor del sistema legal vigente que, de la misma manera que el gobierno de turno (con mucha pasión, aunque no siempre con el mismo acierto), tratará por todos los medios de que España mantenga ese pequeño trozo de libertad que ha conseguido. En medio de esta conflagración en la cual -como en muchas otras después- el destino del país se juega a cara o cruz, sobresale un nombre al frente de la Milicia Nacional, el cual hoy en día nos sorprende, no tanto por inesperado como por repetido: Pablo Iglesias, no Turrión (como el líder de Podemos), no Posse (como el fundador del PSOE en 1879), sino un nombre más común para el Pablo Iglesias menos conocido, el que tiene por segundo apellido González.

Conocida es la frase de Marx de que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa: no será este humilde blog el que se encargue de adscribir quién protagoniza un drama de proporciones shakespearianas y quién una farsa ridícula, pero hay que reconocer que hasta el mismo Marx se sorprendería ante la escasa originalidad que la Historia tiene a la hora de escoger los apelativos de sus actores. En particular, se hubiera extrañado que tres representantes de las corrientes progresistas en España tuvieran en común un apellido tan eclesiástico, aunque probablemente en la época de Pablo Iglesias González no se vería tan raro, pues mucho de los ponentes de la Constitución eran clérigos, con un nivel de compromiso social que sorprendería, por contraste, con la que manifestó la iglesia española en otras fases de su historia. En este caso, nuestro tercer Pablo Iglesias no era hijo de un peón municipal, ni por supuesto tampoco de socialistas (de hecho, ni siquiera hubiera podido definir ese término), sino de "tiradores de oro", como se llamaba a aquellos que elaboraban hilos a partir de este material, y fue de su padre de quien nuestro hombre aprende el oficio. Sin embargo, épocas turbulentas generan profesiones turbulentas: el 1808 se une a los que atacan al ejército francés, y ya no abandona las armas hasta 1814, llegando hasta el rango de coronel. En 1822, con sólo 30 años, es elegido concejal de Madrid, y en ese puesto le pilla la revuelta realista de este año, donde se erige como capitán de las fuerzas que defienden la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor de Madrid, entonces sede del ayuntamiento. La pelea, a cara de perro, se describe en uno de los episodios nacionales de Galdós, y también en "La araña negra", de Vicente Blasco Ibáñez; ambos bandos se muestran encarnizados en la lucha, y actúan con evidentes ragos de valor, pero al final los miembros de la Guardia Real han de claudicar y se resguardan en el palacio de su protector el rey Fernando, hoy todavía situado en la Plaza de Oriente. Por este día, las fuerzas progresistas han ganado; por un momento (efímero, sin duda, como es habitual en estos casos), los soldados de la libertad tienen oportunidad de descansar.

Apenas un año les dura el reposo. A las grandes testas coronadas de Europa no les gusta la situación en España, pues temen que pueda generar futuros imitadores. Gracias a ello, Fernando VII consiguen que le manden un ejército -los Cien Mil Hijos de San Luis- que se encargará de restablecer el orden absolutista. En aquella época, líderes liberales como Riego (ahorcado en lo que hoy es la Plaza de la Cebada al lado del metro La Latina; su cabeza decapitada es empleada para jugar a la pelota por unos críos), y también héroes de la guerra de la Independencia, como el Empecinado, sufren cárcel, destierro o son ejecutados. Pablo Iglesias González se ve obligado a huir a Cádiz, cuna de la constitución de 1812 y del liberalismo, esperando que la roca de Gibraltar le pueda servir de refugio. Pero si alguien creía que los perseguidos se iban a rendir ante aquellas titánicas dificultadas, es que no sabía que los héroes de aquel tiempo estaban hechos de una especial pasta. Pablo Iglesias González forma una sociedad secreta, llamada la Santa Hermandad, que formaba parte de la Sociedad de Caballeros Comuneros, creadas ambas con el objetivo de derrocar a Fernando VII. Intentando replicar el levantamiento de Riego cuatro años antes, en 1824, tres faluchos salen de Gibraltar en dirección hacia Málaga, pero como el viento les impide la travesía, así que dan media vuelta y se dirigen a Tarifa, donde asaltan el penal de Santa Catalina y liberan a 60 presos liberales; casi inmediatamente, les rodea un contingente de fuerzas realistas y soldados franceses. Pocos días después, el 6 de agosto, el antiguo coronel Pablo Iglesias y un grupo de 49 voluntarios zarpan de Gibraltar en dirección a Almería. Ninguno de ellos sabía que ese iba a ser el lugar donde se decidiría su sino, pero lo más probable era que, si lo supieran, tampoco se hubieran negado a ir.

Llegan a Almería el día 14 pero, alertados por los sucesos de Tarifa, las fuerzas leales a Fernando VII ya les están esperando. Los soldados realistas conducen a los "coloraos" (llamados así por el rojo de sus uniformes) hacia la Rambla de Belén -hoy a la altura de la calle Granada, en aquella época fuera de la ciudad-, les obligan a arrodillarse y les fusilan por la espalda. A Pablo Iglesias González, capturado unos días después en un pueblo cercano, se lo reservan; le montan un juicio público en 1825 que dura varias semanas. Finalmente, es ejecutado el 25 de agosto, episodio que también describe en El terror de 1824 el periodista y escritor Galdós. Mientras tanto, los asaltantes de la cárcel de Tarifa aguantaron dieciséis días, para después ser ejecutados en la tapia del cementerio de Algeciras. En algunos camposantos de España, de tanta muerte que acumulan sus muros, deberían establecer los hospitales una sección para transfusiones de sangre.

Una de las cuestiones que me fascina de esta historia de Pablo Iglesias es que, por una serie de inverosímiles coincidencias, acaba recorriendo buena parte de los caminos de mi propia existencia: nace en Madrid, donde he vivido la mayor parte de mi tiempo, huye a Cádiz, donde nací, y luego marcha a buscar la lucha y a encontrar la muerte en Almería, el lugar donde me crié y donde, si me he de considerar de algún sitio, he de creerme de allí. Como un extraño viajero del tiempo el cual -a semejanza de aquel relato de ciencia ficción, donde una lista de la compra y unos pocos planos de un antiguo electricista sirven para crear una religión en el seno de una sociedad postapocalíptica-, tras haber equivocado las señales, intentara seguir mis pasos (como si éstos tuvieran alguna importancia), se aproxima hasta en las fechas: muere un día antes de mi cumpleaños, sus amigos fallecen en la calle en la que vivo, horas antes desembarcan en la playa que desde mi casa casi puedo describir. Por supuesto, no atribuyo todas estas mágicas combinaciones nada más que al poder de la casualidad, que en algunos casos ha demostrado tener mayor habilidad en el montaje que el mejor de los guionistas (a pesar de que a veces se quede corta de actores y tenga que recurrir a los mismos nombres en el casting). Pero quiero pensar que esta rocambolesca cábala, a medio camino entre un cubo de Rubik y la magia negra, se trata de un recordatorio, un aviso de que los héroes que admiramos no se hallan siempre en plazas lejanas y lugares remotos, sino que transitan las mismas calles que nosotros, esperando pacientes el día en que nos atreveremos a emularlos. Pablo Iglesias González se marchó a un lugar físico con el que no tenía ninguna conexión, en lo que acabó convirtiéndose un episodio fútil, un final en cierta medida tan absurdo como el que tuvo el último Napoleón en África, donde murió bajo las lanzas zulúes mientras guerreaba a favor de los ingleses, o el epílogo del inspirador de "El príncipe", César Borgia, fallecido a causa de una herida durante el asedio de una ciudad navarra, muy lejos de la Italia renacentista donde urdió la mayor parte de sus intrigas. La diferencia, con ambos casos, es que la causa por la que murió Pablo Iglesias fue la misma que llevaba defendiendo durante toda su vida, por la cual nadie daba un real en aquel momento, enterrada bajo una losa de tierra y balas (como otras reacciones conservadoras repetirían más adelante) con las que Fernando VII se libraba de sus enemigos. Aunque quizás nuestro protagonista, en su último aliento, tuvo el pálpito de adivinar que allí no se acababa todo, y que otros Pablo Iglesias -y otros que no lo serían- se levantarían para recoger su testigo. Albert Camus dijo que fue en España, en la guerra civil, cuando su generación se dio cuenta de que era posible tener razón y sin embargo acabar perdiendo. Tanto él como otros lo veríamos reproducirse más tarde a menudo, y cada fracaso ha conllevado mucho cansancio y muchos disgustos, pero el propio Camus suscribiría el dicho de que es mejor tener razón y caer derrotado en bucle, que permanecer la paz de la inmundicia y por consiguiente, continuamente -con el sufrimiento que ello provoca-, persistir en el errar y en producir dolor.

Como única memoria a los Coloraos, se erigió en Almería un monumento, denominado popularmente "el Pingurucho", situado en la Plaza Vieja -lugar junto al que hoy en día se erige el ayuntamiento, así que Pablo Iglesias se sentiría de nuevo en su sitio-. El franquismo lo desmontó en 1943, pero aún así, cada 24 de agosto, un pequeño grupo acudía siempre a la Plaza Vieja para homenajear a los revolucionarios. Con la democracia se restableció el hito físico, aunque periódicamente se producen una serie de pugnas entre izquierdistas y políticos de signo contrario sobre la pertinencia del mismo. Un hecho que podría resultar paradójico, pues durante las últimas grandes conmemoraciones de la guerra de la Independencia muchos políticos de derechas se adscribieron la etiqueta de "liberal", y aunque las denominaciones han cambiado mucho desde entonces -de liberal a neoliberal hay más de un desacierto-, lo cierto es que las motivaciones por las que luchaban los políticos de aquella época son muy distintas de las de hoy día (casi todos sus postulados han sido aceptados, muchas de las conquistas alcanzadas en nuestros tiempos eran, para ellos, inimaginables), y cualquier político conservador actual podría considerarse sin rubor heredero de los Coloraos. A pesar de todas las matizaciones, es innegable que existe cierta renuencia en España a reivindicar los méritos de personas que tenían como objetivo cambiar el sistema establecido en un momento determinado. Quizá, porque los que ahora mismo se sientan  en los sillones más cómodos -con el mismo razonamiento que hilvanaron quienes enviaron a los Cien Mil Hijos de San Luis a España- temen que alguien pueda venir y arrebatárselo, riesgo ante el cual prefieren menospreciar ciertos logros y movimientos de los cuales ellos mismos se han beneficiado. Recientemente, en 2017, con motivo de unas obras en la Plaza Vieja, se hablaba otra vez de desmontar el monolito, mientras que otros lo defendían y pugnaban trasladar allí los restos de los rebeldes fusilados, a los que hace no demasiado, en el nicho donde se les localizó recientemente, se les ha colocado una placa. Aunque, tal vez, el destino de esos huesos es el de no descansar en paz y continuar eternamente vagando, removiendo de vez en cuando nuestras conciencias, indicándonos que el camino de una sociedad -y de nosotros mismos- es permanecer siempre en movimiento, acumulando derrota tras derrota, y cometiendo iguales o distintos errores, pero a pesar de todo, a largo plazo, consiguiendo que sus propósitos vayan más o menos triunfando. "Fracasa de nuevo", decía Samuel Beckett; "fracasa" -añadía- "mejor". Lo único que no podríamos perdonarnos sería dejar de intentarlo. Dejar de coleccionar maneras más bellas y espectaculares de fracasar.