lunes, 18 de septiembre de 2017

La historia corta de septiembre: Variación sobre una variación de Pinocho

Un viejo carpintero se lamentaba de no tener hijos. Un día, creó un muñeco de madera, al que trataba como si fuera su propio hijo. Los vecinos le creían completamente chalado. Así hasta que, repentinamente, el muñeco cobró vida. A partir de entonces, Geppetto dejó de comportarse ante el resto del mundo como si creyera que su hijo estaba vivo: justamente en este momento, no podía permitirse que le tomaran por loco y le encerraran.

El viejo Geppetto mantuvo en secreto la existencia de Pinocho durante muchos años, los más felices de su vida. Hasta que, entonces, hubo una tremenda inundación. La riada se llevó por delante la casa de Geppetto, y también todo lo que albergaba en su interior. Desesperado, Geppeto vagó por las ruinas del pueblo gritando el nombre de su hijo, pero no le respondió nadie. Los vecinos ni siquiera le ayudaron. Pensaron para sus adentros: "Pobre, ¡la riada le ha hecho enloquecer otra vez!".

Desolado, sin nada a lo que aferrarse, Geppetto lo abandonó todo, y decidió construir una nueva casa en un lugar retirado, junto al único tronco, aún partido, que parecía haber resistido el empuje de la riada. Con el tiempo, el árbol creció y sus ramas y hojas se entrecruzaron de manera orgánica con las estructuras que Geppetto iba construyendo, de tal manera que parecía que el viejo carpintero -que ahora se negaba a serrar madera alguna-, en lugar de construir su casa junto al árbol, vivía debajo del mismo.

Y fue así hasta que un día, cuando las hojas se habían convertido en techo, las raíces en muebles, las ramas en oportunos percheros, cuando Geppetto percibió, entre las formas del árbol, en el mismo tronco, en su núcleo más interior, unos agujeros muy parecidos a unos ojos y una boca, y una rama que tenía toda la apariencia de una larga y mentirosa nariz.
-Padre -escuchó decir al árbol-, ¿me cuentas sobre aquella vez en que yo era un muñeco de madera?
Los vecinos ya creían desde hace mucho que Geppetto había perdido la cabeza, pero a partir de aquel día, no le importó.

Este relato corto es una variación de un texto del libro de Orson Scott Card, "Ender el Xenocida", que a su vez en una variación del inmortal texto de Collodi, "Las aventuras de Pinocho".

lunes, 11 de septiembre de 2017

El relato de septiembre: "En el armario"

En el armario

La puerta se abre y entra la pareja, precipitada. Ella arroja las llaves descuidada sobre un taquillón, las zapatillas al aire, y a él le coge por la corbata y le lleva directamente al dormitorio. Él se deja llevar. No es para nada su tipo de chica: pero supone que es porque hace tiempo que no encuentra a su tipo de chica por lo que se ha decidido a buscarla por Internet. Ella es bajita, no muy guapa, quizás un poquito entradita en carnes pero desde luego eso no le resta sensualidad. Y desde luego, es muy lanzada. En muy poco tiempo, están en la cama. Al chico le gusta ver sus braguitas de color blanco con puntillitas, que caen en seguida para enseñarme unos glúteos duros como melocotones, y le encanta más todavía ver cómo ella oculta su cabeza bajo los brazos mientras suelta gemiditos conforme las caderas de él se aproximan y se alejan rítmicamente, una y otra vez. Quizás le resulta muy hortera esa camiseta rosa, esa horquillita rosa de Hello Kitty, incluso el tatuaje justo al final de la espalda, aunque le da un punto algo desvergonzado, le entusiasmaría bastante más si tuviera un motivo distinto. Desde luego, lo que más le horroriza es la habitación: llena de cojines rosas, pósters de grupos quinceañeros que podrían haber tenido niñas de quince a cuarenta años, y con estrellitas doradas y dibujitos de anime japonés con falditas muy cortas por todas partes. Tal vez le disgusta que la conversación en el restaurante haya sido entretenida, que se haya pasado más de la mitad del tiempo pegada al whattsapp, que durante la cena haya mostrado atisbos de ser superficial, voluble y algo egoísta, o que lo más parecido que ha podido encontrar en ella a una aproximación artística es que en la servilleta dibuje una carita sonriente. Pero el chico decide obviar el detalle sobre las dotes intelectuales de la chica (y también que sea la reina de las mascotas: hay mirándole, con cara pasmada, un perro, un gato, un periquito en su jaula, y hasta una serpiente dentro de su terrario) conforme descarga en el interior de ella y ambos se funden en un fuerte aullido. Las sábanas de un color fucsia chillón se hacen receptoras del orgasmo…
                Luego, por la noche, el chico no puede (ahora puedo confesarlo, era yo), no puedo dormir. Las estrellitas fosforescentes del techo brillando dentro del cuarto, y el siseo continuo de la serpiente en el terrario, me ponen nervioso. Me levanto e intento llegar a tientas hasta el baño para beber algo. Abro una puerta esperando encontrar el pasillo, el baño, o bien un armario. Lo que no esperaba era ver esto: una especie de ser espectral, salido del más indomable de los infiernos, con una especie de hábito desarrapado que oculta el rostro de muerto y los ojos de un rojo luminoso, el cual porta un cuchillo que degüella sin piedad a un niño de rizos rubios. Una ráfaga de viento cierra la puerta de golpe.
                Pestañeo un par de veces. Abro de nuevo la puerta del armario. Me tropecé con la misma escena, pero esta vez, la figura fantasmal sujetaba la cabeza del niño por los cabellos, y la sangre se deslizaba desde su cuello hasta el resto del cadáver, que ahora se hallaba caído como un muñeco descabezado por un niño particularmente cruel.
                Lo que ocurrió a continuación me resultó algo difícil de explicar posteriormente, a mí mismo y a todos los demás. Mi defensa más común suele ser que, cuando el inconsciente no quiere ver, éste simplemente se niega a aceptar las cosas. Por eso, el chico cerré el armario, hice como si nada hubiera ocurrido, y me fui a la cama.
                Al día siguiente, procuré escaparme antes de que llegara la hora del despertador y la del desayuno, sin despedirme tan siquiera de la chica. Una vez en la oficina, no pensaba en volver a llamarla: el sexo había sido placentero pero la chica no me caía demasiado bien, y el olor de la serpiente me había producido ensoñaciones raras. Pero no empecé a recapacitar del todo sobre lo que había ocurrido hasta que no escuché lo que decían algunos de mis compañeros.
                -Qué barbaridad. Y el tío no para.
                -¿Cómo sabes que es un tío?
                -Una mujer no sería capaz de hacer esa salvajada.
                -¿De qué estáis hablando?-alcé la vista hacia los que estaban hablando.
                Los otros me miraron como si acabara de salir de Marte.
                -¿No te has enterado? Un psicópata que hay por ahí suelto. Se dedica a matar a niños. El último, un angelito rubio de ojos azules. Ha aparecido esta mañana en mitad de la ciudad con la cabeza cortada. Un auténtico horror.
                Tuve entonces un flash sobre lo que había visto en aquel armario. Yo no había oído hablar de aquella noticia; ni mucho menos podía haber sabido quién era la víctima de esta noche. Pero la simple posibilidad de que lo que había visto en aquel armario tuviera una parte de verdad… resultaba inconcebible.
                Tanto, sin embargo, que no tuve más remedio que quedar con la chica otra vez.
                -No, sí, siento haberme marchado sin decir nada ni mandar ningún mensaje… Sí, pero lo de anoche me encantó. ¿Podemos quedar otra vez?
                De nuevo cena. De nuevo preguntas para seguir conociéndonos, aunque en este caso me importan menos que la noche de antes. Ahora toca hablar de clase de cuestiones. La cuestión es ver cómo las abordo.
                -Bonitas mascotas –digo con el objetivo de entrar por ese lado-. ¿Cómo es que te dio por tener una serpiente?
                -Oh, la escogió Micifuz. Micifuz es mi gato, ¿te lo he dicho? Se quedó mirando a Kaa cuando la llevé conmigo a la tienda de mascotas. Todos mis animales escogen al siguiente que entra. Toby fuera el primero, estuvo ladrando de manera continua hasta que escogimos a Micifuz. Y luego está Mr. Perkins… Tiene un canto precioso. Suena como ese tonito del móvil, espera, te lo busco…
                Esa noche follamos de nuevo, y puede que el que yo me encontrara algo distraído contribuyera a agotarnos, y especialmente a agotar a (¿María? Debería avergonzarme de no recordarla, pero la verdad es que la chica no me dejó mucha huella), que durmió como un tronco toda la noche. Tras dejar pasar un tiempo prudencial, me levanté con mucho cuidado y me incorporé para acercarme al armario. Pero antes de eso, casi me da un ataque al corazón cuando, nada más depositar ambos pies sobre el suelo, me apercibo de que el gato me está mirando fijamente. Trato de obviarlo pero, al dar el primer paso, me doy cuenta de que el periquito y la serpiente han vuelto la vista hacia mí. Algo escamado, sigo caminando y me encuentro con que el perro se ha parado delante de la puerta y me gruñe, enseñándome los dientes. Valorando mis opciones y la posibilidad de que mi pierna acabe sangrando de una dentellada, escucho un sonido incrédulo desde encima de la cama:
                -¿Qué demonios haces allí?-me pregunta María (llamémosla así), frunciendo el ceño.
                -Pues… eh… cómo explicártelo. ¿Podrías ver lo que hay en este armario?
                La chica, a regañadientes, se levantó. Abrió el armario de golpe, y allí no había nada, ni fondos de otra dimensión ni figuras cadavéricas, salvo que se considere así a trencas, bolsos y blusas. Irritada, la chica se dio la vuelta mientras giraba de manera brusca la puerta. Sin embargo, cuando ella no miraba, el armario volvió a mostrar la misma figura estremecedora que yo me había encontrado la noche anterior, aunque estaba vez, agarrando de los cabellos a una mujer aterrada, cuyas súplicas no servían para evitar que un largo cuchillo seccionara su cabeza. Ajena a todo esto, María me cogió de la mano y me llevó hasta la cama, mientras yo continuaba contemplando cómo la puerta del armario se cerraba de golpe y ya no podía ver más.
                Como os podéis figurar, esa noche no pegué ojo. Al día siguiente, cuando los sensacionalistas periódicos publicaron una descripción de la última chica asesinada que coincidía con mi última visión, traté de consultarle a unos cuantos amigos. Por supuesto, no les dije que nada de esto fuera real, sino que lo atribuí a un sueño:
                -¿Pero tú qué clase de fantasías tienes, degenerado?-se burló uno de mis compañeros.
                -A mí me recuerda un poco al cuento de “El Aleph” de Borges.
                -¿Qué es eso?-preguntó otro, pasmado.
                -Yo creo que definitivamente deberías dejar de beber antes de dormir.
                El caso es que lo estuve pensando en profundidad y, tras consultar toda clase de literatura que anteriormente hubiera descartado por ilógica y farsante, quizás aquello tuviera más visos de ser real de lo que imaginaba. Al fin y al cabo, los físicos planteaban que había cientos de universos entrecruzándose; los asesinatos que estaban teniendo lugar en aquellos días desafiaban las pistas de la policía; y si Borges era capaz de encontrarse una especie de ente superdimensional que le mostraba todos los lugares del universo, abandonado en mitad de un sótano viejo, bien pudiera ocurrir que una criatura macabra, de ésas que sólo pueden subsistir en condiciones muy concretas de interfase entre los mundos, hubiera encontrado su hueco ideal en el armario de una chica con no demasiadas luces para percibirlo, a la que hubiera inducido a rodearse de una serie de animales que pudieran servirle de ojos, oídos, garras y hasta colmillos. La cosa tenía cierto sentido. La pregunta era lo que iba a hacer yo a continuación.
                Y de hecho, seguía pensando en ello, mientras cenaba con otra chica con la que había quedado por Internet. La verdad es que tenía razones de sobra para fijarme en esa muchacha: había venido con unas medias oscuras que dejaban traslucir unas estupendas piernas, y llevaba una de esas gafas redondas gigantes tipo azafata del “1,2,3” que de alguna manera destacaban más todavía su escote. Pero yo sólo podía darle vueltas a qué podía hacer acerca de aquel armario.
                -Pues de hecho estaba pensando en tomarme unas vacaciones muy largas este año –decía ella, entre plato y plato-. Perú, Buenos Aires, Tierra de Fuego…
                Yo, sin embargo, en lugar de tratar de quedar como un intrépido explorador o un versado experto en geografía internacional, sólo tenía grabada a fuego en la cabeza los detalles que los investigadores habían podido averiguar acerca de las muertes. Decían que era probable que las víctimas desaparecieran alrededor de las once de la noche, y murieran una hora después. Aquel intervalo horario coincidía con las imágenes que yo había contemplado y pensaba que, tal vez, si actuaba a tiempo, sería capaz de evitarlo. ¿Pero haciendo exactamente qué?
                Mi acompañante seguramente pensaba que le estaba ignorando, y por eso quizás se quitó las gafas, alzó más todavía el pecho para desplegarme sus encantos y me dijo:
                -O tal vez pensaba en que nos lo hiciéramos en el cuarto de baño del restaurante, vamos, por proponer planes.
                Yo no recuerdo exactamente qué contesté mientras ojeaba el reloj del restaurante y calculaba distancias y horas, pero creo que farfullé un titubeante:
                -Eh… eh… sí, lo que tú quieras. Oye, ¿podemos pedir la cuenta?, es que me tengo que marchar pronto a casa.
                Pero de todo esto me daría cuenta después, cuando ya era demasiado tarde y discutía aquello con gente que, lo mismo que yo, tampoco podía hacer demasiado acerca de lo que ya sabíamos. En aquel momento sólo recuerdo haber estado reflexionando con ímpetu, a lo largo del camino en el metro y mientras caminaba por la calle, cómo se debía atacar a un espectro para neutralizar su ataque. Qué era lo que debía hacer.
                -¡Tú! Pero, ¿qué haces aquí? –me preguntó María al abrir la puerta, intrigada.
                -No te puedo explicar, tengo que ver una cosa –penetré en el interior de su casa sin pedir permiso, y me dirigí con rapidez al armario. Tuve que sortear al perro y al gato, que se abalanzaron sobre mí, pero yo ya había previsto eso, y llevaba un bastón para reducirlos e introducirlos en la primera habitación que pude. Me previne contra la serpiente asegurando con un candado el terrario, y hasta tapé la jaula del periquito con una sábana para que no me pudiera ver. Abrí el armario: el espectro se encontraba en su máxima expresión, brillando iridiscentemente mientras amenazaba con una guadaña a un chico joven que se hallaba inerme bajo su control. Reaccioné con rapidez: con ayuda del bastón, y volviendo contra el espectro su propia fuerza, conseguí desarmarle y clavar su cabeza bajo mi bota, sometiéndole a mi dominio. Me sentía muy orgulloso cuando en ese momento llegó la chica indignada.
                -Pero bueno, ¿qué le has hecho a mis mascotas?¿Y con qué derecho…?
                -¿No ves lo que hay aquí?-le señalé al espectro y al chico asustado, como un héroe de película-. ¿No te habías percatado?
                Entonces la chica, enervada y a la vez colérica, expresó:
                -Oh, maldito idiota… ¿Qué te creías, que yo iba a ser la única que no lo iba a saber?
                Entonces, para mi sorpresa, sus ojos enrojecieron, y de su lengua apareció un tentáculo enorme que me envolvió por completo y rompió en varias partes todos mis huesos. Me miraba condescendiente mientras aumentaba de tamaño y me decía:
                -Eso te enseñará a no menospreciar a tus parejas.

                Cuando luego discutía con mis amigos en el Más Allá, lo tuve que reconocer: en ese momento en que me partía el cuello de un férreo chasquido, la verdad, era el primero en el que la chica empezaba a caerme bien.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La historia real de septiembre. Madrileños ilustres: Ruy González de Clavijo. Viaje a Samarkanda

Para que no echéis de menos el verano, hoy os llevaremos a una lejana ciudad.

El personaje de José Coronado dice, casi al principio de "El hombre de las mil caras", algo así como: "Yo fui piloto en la época en que un avión era un avión, no un autobús". Hubo una época, incluso, en que el acto de viajar era una cuestión de vida o muerte. Una vida que dedicarle, o una vida para entregar. Se tardaban años en llegar a destino (momento para el cual puede que tu misión hubiera dejado de tener sentido), y no era raro que mil y un azares impidieran que llegaras a contemplar el final del trayecto. En esas circunstancias, fueron pocos los hombres que se atrevieron a llegar tan lejos, hasta lo que se consideraba poco menos que los confines del mundo. Unos cuantos españoles, sin embargo, pudieron contarse entre los que inscribieron sus nombres como conectores de muy alejados lugares del planeta. Ruy González de Clavijo no es tan conocido como Marco Polo, pero poco puede desmerecerse a un hombre que consiguió que, hoy día, haya un barrio llamado "Madrid" en la ciudad de Samarcanda, hoy oficialmente parte del país de Uzbekistán.

Ruy González de Clavijo, un paisano.

La historia comienza con Enrique III de Castilla, de la familia de los Trastámara, entre cuyos descendientes se hayan entre otros Isabel la Católica. Enrique III era un rey que procuró estar a buenas con los reinos que le rodeaban, salvo con los musulmanes, con los que el enfrentamiento venía por parte de la religión. Por otra parte, era un hombre intrigado por lo que ocurría fuera de sus fronteras, aunque no tuviera la menor oportunidad de intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Quizás por eso, o porque eran musulmanes, Enrique III veía con particular peligro la actitud del sultán turco Bayaceto, dueño y señor del imperio romano. Un día, al rey castellano le llegan difusas noticias sobre que un tal Tarmerlán ha conseguido derrotar a Bayaceto. Sin duda pensando aquello de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", decide que, a pesar de hallarse el reino de Tamerlán y el suyo propio a miles de kilómetros de distancia, quizás sería útil establecer una alianza contra la gran amenaza de la cristiandad. Por ello, envía una expedición al mando de Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo en dirección a la capital del reino de Tamerlán: la mítica y exótica Samarkanda.

Aquí Tamerlán, aquí unos amigos

Aclaremos un poco quién era Tamerlán, Tarmorlán, o cualquiera de los muchos nombres con el que pasó a la Historia. La misma forma de nombrar su imperio es confusa: aparte de "timúrida", en referencia a Tamerlán mismo, algunos le denominan tártaro, otros mogol, para aumentar al confusión incluso turco-mongol. Por simplificar, diremos que Tarmerlán procedía de aquellas tribus de jinetes que crecieron en las vastas estepas de Asia Central, acostumbradas a montar a caballo con la misma facilidad que a caminar, y dispuestas a lanzarse a la rapiña en cuando tienen la más mínima ocasión, pero que en pocas ocasiones han tenido la posibilidad de levantar imperios, y cuando lo han hecho, han sido relativamente efímeros. Gengis Khan fue capaz de unificarlas en Mongolia y se alzó con el mayor imperio terrestre que el mundo había conocido. Tarmerlán partía de esta tradición y consiguió también una amplia cohesión , pero no era descendiente directo de Gengis Khan, y por ello las tribus nunca le reconocieron con el mismo rango; sin embargo, fue capaz de formar una estrategia de alianzas personales y matrimoniales que le acercó a convertirse a lo más parecido a un sucesor espiritual del Gran Khan, a lo cual contribuyó la generación de un vasto imperio bajo el que cayeron, a sangre y fuego, capitales tan significativas como Bagdag, Damasco, Kabul o Delhi (sus descendientes gobernaron buena parte del norte de la India hasta la llegada de los ingleses). Aunque Tarmerlán procenía de una tribu nómada, fue capaz de gobernar un imperio culturalmente heterogéneo y mostrarse como un gobernante prudente: fue el islam su religión, y estableció su capital en Samarcanda, una ciudad ya de por sí milenaria (Amin Maalouf tiene un bello libro con este nombre, ambientado en la época en que estuvo bajo el dominio de los árabes), la cual embelleció más todavía, convirtiéndose en el eje central de muchos sueños. Cuando los embajadores de Enrique de Castilla llegaron, lo hicieron justo a tiempo de ver como Tamerlán derrotaba al sultán Bayaceto y lograba incluso hacerle prisionero. El soberano tártaro acogió a los españoles, les dispensó bellas palabras, una amable carta que debían entregar a Enrique III, y les envió de vuelta a casa con un embajador mogol, y también un par de damas cristianas rescatadas de manos de los turcos -una de ellas, griega, acaba como dama de corte en Castilla-. El rey Enrique estaba entusiasmado, y por ello no dudó en enviar una segunda expedición que acompañara de vuelta al embajador mogol y reforzara los lazos iniciados en la primera aproximación. Esta vez, el viaje se hallará a cargo de su ayudante personal ("camarero" era el grado oficial que tenía asignado), el madrileño Ruy González de Clavijo. De él sabemos poco muy: que era de edad madura, que estaba casado, y que partió junto con un hombre de armas -guardia del rey-, un fraile (especialista en asuntos del espíritu) y otros catorce hombres, con el propósito de obsequiarle a Tarmerlán con regalos que incluían telas de color escarlata, tazas y objetos variados de plata, y valiosos halcones de caza, todo ello para convencer al soberano de certificar de manera definitiva una alianza junto con Castilla que hiciera frente al dominio turco. Partió en mayo de 1403 desde Sanlúcar de Barrameda. Poniendo inicio al viaje por el que se le recordaría, había sellado su destino.

7000 kilómetros (hoy se necesitan 12 horas para recorrerlo en avión, 84 en coche sin contar las barreras humanas y terrestres) que a González de Clavijo, ida y vuelta, le costarían tres años. Málaga, Ibiza, Mallorca, Córcega, Cerdeña, Mesina, Roma, Rodas, Quíos, el monte Athos, Constantinopla, estancia de invierno en Pera (actual Beyoglu); luego el Mar Negro, Trebisonda (donde aún resuenan los ecos de Jasón y Los Argonautas), Armenia, Turquía, Irak, Irán (pasando por Teherán) y finalmente Samarcanda. En su "Embajada a Tamorlán" (crónica escrita, según los especialistas, en su mayor parte por González de Clavijo, aunque pudieron haber contribuido el religioso que formaba parte de la expedición, así como el embajador mogol que les acompañaba, y algunas otras manos auxiliares), los embajadores describen la magnificencia de esta urbe cosmopolita, donde se había concentrado lo más granado del imperio timúrida, y ya se habían construido algunos de los monumentos de aquel período que todavía pueden admirarse en la urbe. Un Tamerlán septuagenario les recibe con los brazos abiertos; agradece los regalos, llama afectuosamente a Enrique III de Castilla "su hijo", y les agasaja durante los dos meses y medio de su estancia con continuas fiestas en las que abundan toda clase de placeres, desde los carnales a los etílicos (las crónicas por lo visto nos aclaran que González de Clavijo no disfrutó de estos últimos, pues era abstemio, pero no he leído nada acerca de los primeros -imaginad aquí mi sonrisa maliciosa-). En todo caso, los embajadores no reciben la respuesta que desean: Tamerlán, más ocupado con los preparativos de su futura invasión a China, marea la perdiz y no les dice nada sobre la asociación con el reino castellano, que probablemente no sería capaz de localizar en un mapa sin ayuda de sus astrónomos, y cuya promesa de ayuda mutua le interesa poco o más bien nada. Pero se muestra diplomático y procura entretener a los embajadores hasta que éstos, hartos de esperar, emprenden la vuelta a casa. En el camino de regreso, se enteran de que un Tamerlán ya enfermo cuando le conocieron ha fallecido al poco tiempo de iniciar la incursión a China. Los castellanos, cansados de tanto trasiego, retornan al fin a casa.

Con la muerte de Tamerlán, desaparecieron las escasas posibilidades de aquella alianza improbable entre dos naciones situadas a una distancia inabarcable para la época. Sin embargo, lo más valioso de aquella embajada no fueron ni la política ni los regalos, sino aquella "Crónica de Tamorlán" que González de Clavijo y colaboradores escribieron a su vuelta, y constituyó un testimonio fidedigno de la vida cotidiana en el imperio de Tarmerlán y las ciudades de paso que fueron visitando. Se reconoce como una de las piezas más interesantes de la literatura medieval, y se la compara a menudo con "El Libro de las Maravillas" de Marco Polo. González de Clavijo fue recompensado con el título de chambelán; vivió primero en Alcalá y más tarde en Madrid -en concreto en la Plaza de la Paja-, y su tumba se encuentra en la (por otro lado, interesantísima por muchos motivos) iglesia de San Francisco el Grande. Tamerlán le puso, en su honor, el nombre de Madrid a una pequeña ciudad que luego absorbió la creciente Samarcanda (ahora forma un barrio de la ciudad), que por otra parte tiene desde el 2004 una calle dedicada a González de Clavijo, en un momento en que la capital de España y Uzbekistán quisieron rememorar ese efímero instante de la historia que les hermanó. Uzbekistán tiene aspectos terribles: se trata de una dictadura encubierta, y durante años se ha definido como un estado criminal (con miles de niños trabajando en condiciones de esclavitud para el gobierno, al más puro estilo de "Indiana Jones y el Templo Maldito"), aunque eso no ha supuesto un obstáculo para que el país haga buenas migas con numerosas estructuras occidentales, incluyendo el equipo del FC Barcelona cuando estaba bajo el mando de Joan Laporta. Sin embargo, el evocador nombre de Samarcanda, y el papel que jugó allí un madrileño hace ya siete siglos, son un motivo para sonreír al recordarlo. Quizás en para algún uzbeco, respecto a España, pase lo mismo.

lunes, 28 de agosto de 2017

La historia real de agosto: Houdini vs Argamasilla

El enfrentamiento está servido: el gran mago Harry Houdini, el ilusionista más conocido del mundo, contra Joaquín Argamasilla, un aristócrata español que presume de tener poderes sobrenaturales. El escenario está preparado: será en el Hotel Pennsylvania, de Nueva York, donde tendrá lugar la lucha que pondrá a prueba sus habilidades. Quizás a muchos os suene esta historia, ya que sirvió de base para un capítulo de la serie de televisión "El ministerio del tiempo". Sin embargo, desplegado el truco de magia, es hora de desmontar el escenario y contemplar de cerca las bambalinas. Toca revelar ahora qué parte es ficción y cuál es real.

A la izquierda, Harry Houdini. A la derecha, Joaquín Argamasilla. El duelo está servido.

Partamos del lado más conocido de los dos que hoy se dirimirán en liza. Qué podemos decir de Harry Houdini que no se haya mencionado ya: nacido en la actual Hungría, decidido desde muy joven a convertirse en mago, Houdini no sólo llevó al extremo los límites de los espectáculos que se desplegaban en los teatros con sus audaces trucos de escapismo, sino que alimentó la publicidad hasta tal punto (declaraciones públicas en los periódicos, películas promocionales, y hasta un falso enfrentamiento con su hermano que inspiró la película "The prestige", de Christopher Nolan) que se convirtió en una de las figuras públicas más renombradas de su tiempo. Sin embargo, a pesar de convertirse por definición en el embajador de la magia, Houdini se situó firmemente en contra de aquellos que defendían poseer poderes sobrenaturales. En aquella época (y más después de la Primera Guerra Mundial, donde casi todo el mundo tenía un familiar fallecido al que le hubiera encantado contactar como fantasma), multitud de nuevas ciencias se hallaban en eclosión, y no era raro para incluso reputados científicos afirmar que podría haber algo de cierto en la forma en que los espiritistas trataban de contactar con el más allá. Sin embargo, Houdini sufrió una gran decepción (este episodio también se narra en el correspondiente capítulo de "El Ministerio del Tiempo"), tras la muerte de su madre, cuando el escritor Arthur Conan Doyle le llevó a una sesión donde supuestamente iban a contactar con ella. Houdini quedó profundamente dolido y, a partir de entonces, además de romper su amistad con Doyle, se empeñó personalmente en desenmascarar a médiums y espiritistas, demostrando que sus poderes se basaban en clásicos trucos de prestidigitador, montajes fotográficos o elaborados fraudes. Hasta desarrolló una serie de contraseñas secretas para poder contactar con su madre u otros allegados, como forma de dilucidar si la comunicación con los muertos era posible. Lo cierto es que Houdini nunca llegó a hablar con su madre (cosa que le hubiera encantado, pues no pudo despedirse en la noche de su muerte), y la mujer de Houdini, diez años después del fallecimiento de éste, confirmó que no había encontrado evidencias de nadie que hablara a través de él, y que lo daba por imposible, ya que "diez años es suficiente para esperar a alguien". Por cierto, que a pesar de la decepción de la sesión de espiritismo, Sir Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes y "El mundo perdido") siguió creyendo en fantasmas y otras criaturas sobrenaturales. Es conocido el episodio en el que apoyó la historia del avistamiento de hadas en Inglaterra (al final todo se basaba en un par de niñas con mucha imaginación, y un burdo montaje fotográfico), y estuvo en contacto con el mundo de lo paranormal hasta el final de sus días. Una serie de televisión, "Houdini y Doyle", utiliza el encuentro entre ambos para montar una trama en la que escritor y mago colaboran para resolver casos misteriosos, Doyle casi siempre apuntando a hipótesis sobrenaturales, y Houdini apostando por el punto de vista racional. La serie, dicho sea de paso, no pasará a la historia de la televisión, pero tiene algunos capítulos con propuestas bastante sugerentes en un contexto histórico de lo más sabroso, y para un rato de esparcimiento, está bastante bien.




Aquí, Harry Houdini en un momento delicado. Seguro que se encontraba en su salsa.

Y ahora vamos al otro extremo del cuadrilátero: Joaquín Argamasilla, hijo del marqués de Santacara, presumía de tener la cualidad de la metasomoscopia, es decir, que podía ver a través de los objetos opacos, a través se supone de unos misteriosos rayos. En sus exhibiciones en España (donde hizo adeptos a su causa a personalidades como Valle-Inclán), mostraba cómo, incluso con los ojos vendados, era capaz de adivinar lo que se leía en una carta dentro de un sobre cerrado o una caja metálica, o a adivinar la hora que ponía en relojes con la tapa puesta. El hombre se hizo tremendamente popular a nivel nacional y, de ahí, dar el salto a Nueva York, la ciudad que nunca duerme, para demostrar sus poderes, era sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, allí, Argamasilla se encontró entre los espectadores a Harry Houdini, dispuesto a desenmascararle, y fue entonces cuando comenzó la pelea.

La crónica de lo que allí ocurrió es difícil de trazar dado que, ante la ausencia de cámaras de televisión en aquella época, todo depende de lo que digan los periódicos, y ahí la verdad -como siempre- depende de quien te la cuenta. Sin embargo, conforme uno bucea en una serie de blogs que han conseguido adentrarse en las fuentes primarias, una versión uniforme empieza a salir a la luz. Parece ser que Houdini fue implacable, apareciendo de manera sistemática en las demostraciones de Argamasilla, desmontando sus trucos, y retándole a ejecutarlos en determinadas condiciones en las cuales el aristócrata español no era capaz de defenderse. Por lo visto, Houdini observó que Argamasilla realizaba ciertos movimientos de cabeza que le permitirían ver a través de los vendajes, que conseguía mediante habilidosos gestos abrir imperceptiblemente las tapas de los relojes y, también, que sólo podía vislumbrar los objetos dentro de cajas cuando éstas eran unas especiales, fabricadas específicamente por él, lo cual llevó a Houdini a teorizar que esas cajas tenían unas rendijas ocultas y una serie de posiciones a través de las cuales un entrenado Argamasilla (capaz de disimular sus trucos tras estudiadas maniobras de despiste) era capaz de atisbar lo que había dentro de las mismas. Argamasilla, ante todas estas acusaciones, intentó salirse por la tangente, y por supuesto se negó a desplegar sus habilidades en cajas distintas a las que él portaba consigo. Para la prensa de Nueva York, el veredicto estaba claro: se trataba de un fraude.


Para la española, en cambio, la cosa fue distinta. Si creemos que los periódicos actuales en nuestro país son manipuladores y chovinistas, a principios del siglo XX la cosa era incluso peor. Además, había mucha gente que había apostado su reputación y su fama en las habilidades de Argamasilla (hijo, para más inri, de un respetado noble), y el desenmascaramiento no iba a ser fácil de admitir. Diarios de la época pintaron a un Argamasilla vencedor a pesar de la torticera oposición de Houdini. Incluso, llegaron a inventar disculpas de lo más peregrinas. Por ejemplo, el diario ABC publicó cómo Houdini había retado a Argamasilla a leer los mensajes de dos papeles, con una palabra escrita en cada uno, dentro de un sobre que Houdini había dispuesto de tal manera que los textos se superpusieran entre sí, haciendo más difícil la lectura al trasluz (truco que seguramente empleaba Argamasilla). Según ABC, el español no habría sido capaz de descifrar los textos, pero sí que había podido averiguar tres letras: un argumento que se desarma con facilidad, pues hay letras que se repiten con más frecuencia en el lenguaje, y no era complicado acertar que alguna de ellas aparecería en una de las palabras.


Lo cierto es que en España, conforme terminaron de llegar poco a poco las auténticas noticias procedentes de los periódicos de Nueva York, comenzó un largo e intrincado debate entre partidarios y detractores de Argamasilla. Valle-Inclán (amigo personal de su padre, y un gran creyente de que había en el mundo verdades indemostrables para la ciencia) le defendió a capa y espada, al igual que otros destacadas personalidades de la época, como Leonardo Torres-Quevedo (muy pegado siempre a círculos conservadores) o -según Argamasilla- "los médicos profesores del Instituto Oftálmico". En cambio, por ejemplo, un catedrático de Oftalmología de Madrid argumentaba que la demostración que le hicieron no superaba las mínimas garantías científicas. Un articulista esgrimió que Argamasilla -que había crecido en un entorno donde se esperaban grandes cosas de él, y donde lo paranormal se aceptaba como algo evidente-, no había exhibido sus poderes tanto con ánimo de engañar, como con una creencia sincera promovida por una cierta sugestión por parte de sus progenitores. Ese mismo articulista afirmaba que había conocido a "tapados", testigos de las exhibiciones de Argamasilla que se habían dado cuenta del engaño, pero que no se atrevían a entrometerse públicamente en la polémica. Entre estos tapados, se encontraría el doctor Negrín, quien más tarde sería, durante la Guerra Civil, presidente de la República. Lo cierto es que el propio Argamasilla (quien se defendió como gato panza arriba, publicando declaraciones en los periódicos en las que declaraba su inocencia y acusaba a Houdini de negocios deshonestos, mientras éste contrarreplicaba en la prensa americana con modelos de las cajas trucadas del aristócrata) declaró en algún momento, a su regreso de Estados Unidos, una repentina desaparición de sus poderes. No era ésta la primera vez que Argamasilla se sirvió de esta "conveniente" pérdida, como cuando una comisión, espoleada por la reina María Cristina y dirigida por Santiago Ramón y Cajal, pretendió examinar sus poderes, librándose Argamasilla de pasar este test para luego iniciar ya tranquilamente su famoso periplo por España y Estados Unidos. 


Más tarde, la polémica se dispersó y Argamasilla no volvió a aparecer en la vida pública de nuevo hasta años después, ya en la administración franquista, como director general de Cinematografía y Teatro durante tres años, estando entre otras cosas a cargo de la censura (no sabemos si a través o no de sobres cerrados). En cuanto a Harry Houdini, el destino le había alcanzado mucho tiempo antes. El mago solía aceptar retos en los cuales le golpeaban fuertemente el vientre, sirviéndose de sus muchos años de entrenamiento para colocar los músculos de tal manera que no le afectara: un aficionado con ganas de hacerse el gracioso le golpeó sin estar preparado, y eso pudo agravarle una apendicitis latente, que desembocó en una peritonitis. Houdini moriría unos cuantos días más tarde, desapareciendo con ello su sentido del espectáculo y de la inventiva. Puede ser, incluso, que hasta el propio Argamasilla le echara de menos.

lunes, 21 de agosto de 2017

El relato de agosto: "Todo empieza y termina siempre por los libros".

                Todo empieza y termina siempre por los libros. Se inicia en un extremo de la estantería y se terminará en el otro. Faulkner, Kafka, Lovecraft, Pirandello… Para cuando la mujer llega a Poe, sus piernas desnudas debajo de la falda se hallan muy cerca de los tobillos envueltos en calcetines de él. No tienen necesidad de levantar la vista por encima de sus gafas; les basta con seguir mirando los libros. Al fin y al cabo, se han conocido así. Se seguirán conociendo así, si la cosa va bien.
                -Sabía que te encontraría en esta sección –le dice ella-. Tenías que echar un vistazo para ver si te queda por leer una última antología de cuentos.
                -¿Has tenido que esperar mucho?-pregunta él.
                -No… Por aquí han pasado unos cuantos padres que llevaban a sus hijos a comprar las lecturas obligadas que tendrán que engullir en verano para los exámenes de septiembre, y también unos pseudointelectuales que han cogido un par de lomos de libro con los que poder decorar su biblioteca. Pero nadie que se pareciera a ti. Te reconocí en seguida.
                El otro no altera el semblante, y sin embargo, por debajo de los finos labios cerrados, sonríe. Ninguno de los dos se ha visto hasta entonces, pero ambos son tal y como se imaginaban. Él busca en los autores del terror gótico, y ella en cambio en los desesperados autores sureños. Él inspecciona los libros devorando las sinopsis, y ella en cambio se fía de una mezcla de instinto, conocimiento de autores y azar. Él lee, para comprobar si le va a gustar el libro, las primeras páginas de cada tomo, y ella en cambio abre el volumen por algún lugar en torno a la mitad. Él no soporta que le cuenten los finales, y ella en cambio opina que si se los narran y aún así no tiene ganas de leerlos, es que no merecía lo suficiente la pena. Por esas características se han reconocido, todas esas cosas se contaron por Internet. ¿El resto?¿Asuntos vanos como el color del pelo, de la piel, el traje que llevarían? Ésos son detalles sin importancia. Todo empieza y termina siempre por los libros. De no ser así, no se hubieran atrevido a quedar aquí.
                -¿Qué te apetece que hagamos ahora?-pregunta él.
                -Pensé que te apetecería escoger a ti.
                -Oh, no, ésta es tu casa, por supuesto, te toca elegir a ti como anfitriona. ¿Qué es lo que prefieres?
                -Hmmm… Un poco de Chaucer tal vez. Nunca se me repiten los cuentos de Canterbury. Podríamos mirar si acaso algo de Dovstoievski.
                -Me parece muy buena idea –dice galante, cediendo el paso-. Le sigo a usted, señorita.
                “Señorita”, ríe ella. Descuidando la edad y que ya se ha acabado hace rato el siglo XX. Parece que fueran un caballero y una dama de las novelas de las hermanas Brönte, o mejor, que ambos habían retornado a Brydeshead. ¿Qué dirían mis alumnos si me vieran en esta circunstancia?, carcajea interiormente y al mismo tiempo se sonroja ella. Pero eso es poco probable que pase. A estas alturas andarán todos en la piscina, en un campamento al cual les han enviado sus padres para que no molesten, o rogando porque les compren su primera moto. A pesar de todo el año que lleva ella inculcándoles el amor por la lectura, no cree que haya conseguido que uno de ellos pase, nada más terminar el curso, por la librería más grande del pueblo. Ella es más de tiendas pequeñas, pero a la hora de indicarle la dirección era más complicado orientarle hacia una de ellas. Además, este lugar ofrecía mayor versatilidad, como un restaurante elegante una carta más grande, con variados menús y tapas. Y eso es lo que hacen ellos, mientras otras parejas quedan a cenar o al cine. Literatura extranjera de primer plato; ella planea algo de narrativa hispanoamericana de segundo. Si todo va bien, degustarán unos cuantos besos entre las estanterías de libros en otros idiomas, para los postres.
                En este encuentro tan poco salpimentado de convencionalismos, sin embargo, a veces acabamos estableciendo los nuestros propios, o cayendo en los clásicos, porque después de todo somos hombres y mujeres y hay cosas que no pueden cambiar. Él es el primero que levanta la vista para estudiar su figura. Admira su vestido cortito, de motivos primaverales, que deja al descubierto unas piernas de piel muy tersa, al menos para tener ya casi cuarenta años; sus gafas de pasta de color rojo, y su pelo teñido de rubio platino. Lo que más le llama la atención, sin embargo, disimulando que cruza por detrás de ella solamente para localizar El crisol de Arthur Miller, es el tatuaje que lleva a la nuca. Ella se da cuenta de lo que hace él, él se apercibe de lo que sabe ella, y enarbola una forma de disculpa.
                -Perdona, entre tanta lectura de títulos, no he podido evitar elevar la vista para leer lo que pone en tu tatuaje.
                -Lo entiendo –asume como inevitable ella-. A todo el mundo le choca.
                -¿Tienes otros tatuajes con citas literarias?
                -Sólo unos pocos, y la mayor parte no contienen texto. Pero son difíciles de encontrar. Suelen estar en lugares que no están a la vista con las ropas de invierno; en el colegio tienen una política muy estricta sobre profesoras con tatuajes que puedan influenciar a los niños. Durante el resto del curso llevo el pelo largo y mangas muy amplias que impiden verlos. Ahora en cambio, en verano, tengo más libertad.
                La mujer no le contó toda la verdad. No le confesó que su admiración y al mismo tiempo pavor por los tatuajes procede de cuando encontró a esa chica tan joven con el cuerpo cubierto totalmente de ellos. No le narró cómo se obsesionó con esa sonrisa que se prolongaba con el dibujo de unos arañazos de tigre en las mejillas, ni cómo debajo de las ropas ceñidas de ella, a lo largo de toda su espalda, encontró dibujados dragones. No le iba a revelar nada sobre las noches en vela que compartieron mientras el cuerpo níveo de ella recorría todos los tatuajes. Ella, la otra, fue la primera que le hizo uno, en una zona que sólo las dos –incluso en verano- pudieran ver. A la profesora de Literatura le dolió muchísimo, y supo desde entonces que se volvería adicta a ellos, incluso aunque lo que hiciera fuera solamente ampliar -con dibujos minúsculos, barrocos y ensortijados (que tardaran todo lo posible en dibujarlos)- los que hasta entonces iba teniendo. Durante las sesiones, y los momentos inmediatamente después, en lo único que podía pensar era en el dolor: ésa era la forma, para ella, de no sentir nada más. Aparte de los libros, era su única manera de evadir la realidad. Y por tanto, la única ocasión en que era libre.
                -Creo que deberíamos ir a buscar a otro ruso –dice ella, pero cuando se echa para atrás, encaminando sus pasos en dirección a un Gorki o  a un Pushkin, ella siente en sus codos (no sabe si como consecuencia de un tropiezo o si ha sido a propósito, anticipando en sus movimientos) las manos suaves de él. Se le eriza el vello del antebrazo y siente en todas sus mucosas un suspiro erótico. Trata, como hacen casi todas las mujeres púdicas en el primer momento, de recordar qué era lo que sobre este tema llegó a hablar con él: habían comentado las perversiones de Laurence Durrell en Egipto; habían discutido si a Henry Miller le correspondía más estar con Anäis o con Nin. Incluso debatieron sobre el influjo de Madame Bovary en la forma de tratar en la literatura a los amantes. Y entonces siente que, a pesar de lo estremecedor que resulta aquel tacto tan cálido en el aire acondicionado de la librería, algo en todo esto está mal.
                -Siento caer en los tópicos –susurra ella, casi en un jadeo, mientras él y sus gafas, su cabello con entradas incipientes, se encuentran inmediatamente detrás de él-, pero estás casado.
                -Ya. Y tú sabes que mi matrimonio es una farsa, como los bailes de sociedad de Jane Austen. Mi familia necesitaba el dinero, la de ella, un nombre que añadiera una respetabilidad y cultura que nunca llegarán a poseer. Fue un enlace forzado; apenas nos miramos el uno al otro.
                -Así que todavía existen historias de ésas –suspira ella, y mientras lo dice piensa que en numerosas ocasiones ha soñado en ser “la otra”, para variar, la que pone los cuernos en lugar de la cornuda, como se ha encontrado en numerosas ocasiones de forma más o menos sutil en el sofá de su casa. Pero una cosa es la fantasía y la otra la realidad, añade como pensamiento siguiente: ella se imaginaba a sí misma como la típica novia a la que descubren en un accidente de tráfico, con el traje aún puesto, que se despeña por el barranco mientras se encontraba enredándose desde el asiento del copiloto con alguna parte del cuerpo de su amante, o aunque fuera sin vestido porque se trataba de la amante, pero todo implica que la felación, la penetración o simplemente el dolor han sido interrumpidos por un acto violento, una cuchilla afilada que sirve de guillotina, una prensa que aplasta y extrae mi sangre como el líquido pulposo del interior de una fruta madura, o la puerta metálica de un garaje que secciona mi cuerpo en dos partes. Pero todas esas ensoñaciones incluyen litros de sangre, cuerpos abrazados en un acto de protección postrero como los amantes de Pompeya, y sobre todo mucho dolor: ninguno queda vivo para recibir el reproche de los familiares, nunca hay ninguna suegra o ninguna madre a la que a los ojos tengas que mirar. Hay historias que se viven mucho mejor leídas tras la barrera de tinta y papel de un buen libro. Todos queremos ser alguna vez el protagonista de Lolita, pero ninguno queremos vivir su mismo final.
              -¿Qué me dices entonces?-azuza él, y ella siente un estremecimiento en la espalda, pensando en el cuerpo de su amante envolviéndola mientras, encima de ambos, sólo las páginas de un texto, en negro y blanco, les sirve de sábana, y una portada en colores cálidos de cabecero. Una banda con una frase de Scott Fitzgerald le sirve a ella de ropa interior y de sostén.
                -¿Sabes qué es lo que te digo?-contrapregunta la chica, mientras comienza a arrojar al suelo libros desde la estantería más alta-. Que algunas de las mejores historias son de las que no se conoce el final.
                Y agarrando un libro en la mano (creía que era uno de Dumas, pero no llegó a averiguarlo) se dio la vuelta y corrió fuera de la tienda mientras resonaban las alarmas. Él salió detrás de ella, a toda velocidad.
                 La librera, que lo había observado todo por encima del manuscrito que fingía que rumiaba, no llegó a tratar de ejecutar ninguna acción para detenerlos. Volvió al punto que había marcado su señalador para continuar la página, mientras argüía, para sus adentros:
                -Cuántas lecturas me faltaban a mí entonces–suspiró.
                Su marido, leyendo a su lado, gruñó bajo de sus bigotes unas cuantas frases de Mark Twain o de Margarite Yourcenar. A aquella mujer no le quedó muy claro y no supo qué reseñar.

lunes, 7 de agosto de 2017

Los libros de agosto: libros con recetas de cocina

Si leer es un placer de los sentidos, y las buenas historias constituyen el alimento del alma, no es difícil dibujar una conexión entre gastronomía y literatura, y quizás es por eso por lo que no resulta complicado hallar escritores a los que también les fascina la buena comida y la buena mesa, y esto lo han reflejado en sus libros y en sus personajes. Recomendaciones de buenos libros de recetas encontraréis muchos por allí, y también listas de buenas historias que están relacionadas con la alta cocina -incluso alguna que contiene recetas interesantes-, pero para hacerlo más original, en esta entrada, realizada en colaboración con Cris Kitchen (la autora del blog más que amigo "La tentación vive... en lacocina"), ambos ofreceremos nuestra opinión sobre novelas relacionadas con el mundo de la gastronomía e intercalaremos -junto con la reseña de las mismas-, alguna recomendación gastronómica que debería acompañar a la lectura de estos libros, de tal manera que vivamos una experiencia más completa. ¿Preparados cubiertos y los tenedores? Todos a la mesa entonces.

-Las novelas de Carvalho: El detective gallego -afincado en Barcelona y creado por Vázquez Montalbán- ha renegado de la cultura (se dedica a quemar una media de un libro por novela para alimentar su siempre encendida chimenea), de los idealismos y de varios trabajos, pero a lo que no renuncia es a una buena cena, sobre todo si está regada con un buen vino. Sobre la cocina de Carvalho se ha escrito mucho, desde la función que ésta ejercía tanto para el personaje como para el escritor, como de la escasa apetencia del detective por los postres. Ya puestos, el mejor resumen lo hacía el propio Carvalho: “Yo nunca como cualquier cosa”.
Recomendación gastronómica: Con libro de recetas incluido, entresacado de la saga de novelas, poco más se puede añadir. Sin embargo, hace no mucho salió un post relacionado con este tema en un blog especializado en el mundo de la cocina, que a muchos nos ha cautivado desde hace tiempo por su agudo sentido del humor. El paladar de Carvalho –siempre exquisito- es, como describen los expertos, muy ecléctico, y da tanto para manjares de la cocina moderna como para platos más tradicionales, pero si hay que elegir a elegir, y siendo el detective de origen gallego, nos quedamos con unas buenas vieiras o unas almejas cocidas en su propio jugo. Ya se sabe lo que dicen: si el producto de origen es bueno, basta con reforzar su sabor natural. A veces lo único que necesita un buen alimento –o buen personaje- es que sea auténtico. Aunque si preferís algo más original, aquí os dejamos esta receta extraída de “Asesinato en el Comité Central”: <<Carvalho abrió varias galerías en el taco de atún y las rellenó con anchoas. Salpimentó, enharinó la bestia y la doró en aceite en compañía de unos ajos. Añadió un poco de agua y dejó que el lomo de atún se cociera a fuego lento (…) Carvalho lo apartó y trabajó el jugo resultante como base de una salsa española corregida con briznas de hinojo (…) esperó a que el atún estuviera frío para cortarlo en rebanadas depositadas en una bandeja y luego cubiertas con la salsa caliente>>.

-Montalbano. El policía italiano creado por Andrea Camillieri en honor a Vázquez Montalbán y que, desde su reducto en Sicilia, se enfrenta a la mafia, a los políticos corruptos, a la prensa partidista, y a un desastroso conserje, hay dos citas que no elude nunca: un reto desafiante, y un contundente plato de pasta. Y si ésta se ve acompañada de alguna de las exquisiteces marinas que otorga el Mediterráneo, bienvenida sea. Sherlock Holmes sería capaz de pasar días sin comer. meditando acerca de un caso: Montalbano seguramente le hubiera mandado a paseo, y marcharía a proporcionar combustible a sus neuronas.
            Recomendación gastronómica. Aunque aquí pega una buena pasta de inspiración marinera, hay dos platos que pierden a Montalbano: el enorme plato de salmonetes -cocinados por su restaurante de confianza- que se mete entre pecho y espalda, o los arancini que le deja preparados en la novela su sirvienta, y que ha hecho que más de uno, leyendo en la cama, haya sentido la tentación de levantarse para ver si le alguien le ha proporcionado un regalo similar. Os dejamos dos enlaces de dos bloguer@s que se han atrevido a imitar los arancini de Montalbano

-El mundo de los detectives y la policía, como se ve, sirve de muy buena excusa para las recetas: quizás porque la comida es algo tan personal y tan único que resulta muy útil para definir un carácter, labor a la que se ve obligado un escritor cuando trata de describir tanto a héroes como a villanos. Bajo este prisma, no es de extrañar que la forense Kay Scarpetta sea una amante de la gastronomía italiana de sus ancestros, e incluso albergue en su casa una cocina personalizada donde fabrica su propio pan. En cuanto al bando de los criminales, es de mención obligada hablar del literario y cinematográfico personaje de Hannibal Lecter, un excelso sibarita (culto, exitoso, educado, con el inapreciable defecto de ser un caníbal) que riega los hígados ajenos con un buen Chianti, y no tiene problemas en que el invitado más pesado de la noche anterior se convierta, en la velada siguiente, en un manjar a degustar.

            Recomendación gastronómica. Al doctor Lecter le agradan mucho las vísceras. Como los platos derivados de las mismas no son aptos para todos los paladares, quizás la primera aproximación debería realizarse con la receta que proporciona la pista para su captura al principio de la película “El dragón rojo”: unas mollejas… hechas a partir de ternasco o cordero lechal, si os resulta más difícil encontrar otro tipo de ingredientes… Bien se sabe que entrar al supermercado a cocinar al cajero es una empresa difícil, incluso aunque el establecimiento se halle abierto los domingos. De todas maneras, abajo os colocamos la página del Larousse Gastronomique que Lecter utiliza como base, por si queréis (si el zoom, la perspectiva y el francés os lo permiten) seguir la receta paso por paso. Aunque si se trata de homenajear a las películas, hay que reconocer que el autor de este vídeo es bastante original al respecto.

-Doña Flor y sus dos maridos: Ésta es una novela sobre el deleite. El placer que proporciona la pasión, espiritual, carnal o a través de cualquier sentido físico, incluyendo también el del gusto. Doña Flor es un ama de casa brasileña de los años 50 con una habilidad excepcional para la cocina, y lo único que es capaz de despistarla de sus postres y de las clases de cocina que imparte a sus alumnas es su indisciplinado, irresistible e incorregible marido. Cuando éste fallece, Doña Flor encuentra consuelo en un aburrido y predecible farmacéutico al cual -a su manera- también adora. Sin embargo, el fantasma de su primer marido no va a permitir que algo tan insignificante como haber fallecido interrumpa la fiesta y le impida gozar.
            Recomendación gastronómica. Los brasileños suelen asombrarse mucho, respecto a la cocina europea, de que pongan cada alimento en un plato distinto. En Brasil, es típico acabar juntándolo todo (un “todo” que normalmente contiene raciones generosas de arroz, legumbres y en muchas ocasiones carne) en una fiesta de los sentidos tan variopinta como el carnaval. Ya puestos, recomendamos una feijoada, aunque debe tomarse con precaución, pues al igual que la fabada asturiana, no es muy recomendable si después te ponen una samba y te invitan a que muevas las caderas. Aún así, reproducimos por su originalidad esta receta de Doña Flor de guiso de tortuga, aunque no la recomendamos tanto por la dificultad de localizar el material como porque (para que negarlo) somos grandes admiradores de los quelónidos:
GUISO DE TORTUGA
(Receta de doña Carmen Dias, tal como ella se la dio a doña Flor,
habiendo ésta permitido a sus alumnos copiarla y probarla.)
<<Se toma una tortuga, después de muerta por el procedimien­to (bárbaro) de aserrarla por los lados, cuidando de que no se dañe la caparazón. Colgar al bicho por las patas traseras, cortarle la cabeza y dejarlo así durante una hora para que se desangre. Después, poner el animal con el vientre para arriba y cercenarle los pies, cuidando de conservar las piernas (o «botas») y separan­do de ellas la piel gruesa que las recubre. Entonces se le extrae la carne, los menudos (hígado y corazón) y los huevos (si los hubie­ra), tirando las tripas, operación que requiere especiales cuidados, debiendo hacerse cada cosa por separado. Lavar todo, carne y vísceras, que, una vez maceradas con los condimentos que se indica­rán habrán de ponerse a fuego bajo hasta que tomen un color de oro oscuro y exhalen un aroma particular. Los condimentos: sal, li­món, ajo, cebolla, tomate, pimienta y aceite, aceite suave a voluntad>>.

-El valle de los caballos. Segundo libro de la serie “El clan del oso cavernario”, y aunque todas las novelas de esta saga tocan el tema de la cocina –ya que narran el día a día de una sociedad de Neardentales y Cromagnones- este libro en particular profundiza en el uso de los distintos recursos al alcance de la protagonista para nutrirse: tanto de la caza (de cómo se obtiene la presa y cómo se cocina) como del uso de las plantas, hierbas y frutos como alimento o como condimento para aderezar. Nada desdeñable es también la información que aporta sobre cómo se conservaba la comida con aquella rudimentaria tecnología. Es fácil encontrar un libro que te hable sobre las maravillas de la cocina italiana o mediterránea, pero en cambio es más difícil encontrar este original punto de vista sobre cómo nos alimentábamos en un remoto pasado.
            Recomendación gastronómica. Traemos a colación una de las recetas que tiene más significado en el libro y que muestra cómo, con materiales muy sencillos, un poquito de habilidad para la caza, cerillas, piedras y un taparrabos, puede ejecutarse un plato delicioso. Extraído del libro, aquí tenéis cómo preparar “perdices de Creb”: <<Ayla se llevó las gordas aves hacia el otro lado de la muralla, hasta el hoyo que había cavado antes y forrado de piedras. El fuego se había apagado en el fondo del hoyo pero las piedras chisporrotearon cuando les echó unas gotas de agua. Había buscado en diversos puntos del valle la combinación exacta de verduras y hierbas, y las había llevado hasta el horno de piedras. Recogió uña de caballo por su sabor ligeramente salado, ortigas, amaranto y vistosas acederas y salvia, para dar sabor. El humo aportaría también su aroma, y la ceniza de madera, sabor a sal.
Rellenó las perdices con sus huevos envueltos en verduras: tres huevos en una de las aves y cuatro en la otra. Siempre había envuelto las perdices en hojas de parra antes de meterlas en el hoyo, pero no crecían vides en el valle. Recordó que a veces se cocinaba el pescado envuelto en heno fresco, y decidió que también podría hacerse con las aves. En cuanto tuvo las aves colocadas en la parte inferior del hoyo, amontonó más hierba encima, después piedras, y lo cubrió todo de tierra>>.

-El último chef chino. Hasta ahora es el único libro con el que nos hemos topado que toca a fondo el tema de la gastronomía china dentro de una historia de ficción. La novela en sí es entretenida, se lee fácil y es capaz de trasladarte a olores y sabores que recuerdan ligeramente a los restaurantes asiáticos tan frecuentes en España, pero con una profundidad y una serie de matices que nunca te encontrarías en el chino de tu barrio. Como mínimo, sorprendente.
            Recomendación gastronómica. La autora tiene una página web en donde detalla alguna de las recetas. No las hemos probado, pero la verdad, con nombres tan sugerentes como “pollo del mendigo” o “pollo fantasma”, dudo mucho que tardemos demasiado en hacerlo.

-Recetas para amar y matar. Un libro ameno, en el que desde el principio te quedas enganchado a la personalidad de la protagonista, una sudafricana junto con la que babearás cada vez que describa alguna de sus creaciones culinarias, a mismo tiempo que aprendes un montón de expresiones en afrikaans.
Recomendación gastronómica. Si hay una compañía constante a lo largo de todo el libro, son los beskuit, una especie de “bollitos ingleses de la hora del té” a la sudafricana, de la que os dejamos una receta.
Ingredientes:
• 1kg de harina.
• 250g de mantequilla.
• 200ml de azucar
• 320ml de suero de leche
• 10ml de levadura
• 2 huevos
• 5ml de sal
• 25ml de aceite.
Se pasa la harina por un tamiz, y se mezcla con el resto de los ingredientes secos. Se añade la mantequilla y se mezcla a mano hasta conseguir una masa homogénea. Se añaden los huevos y el aceite, y se mezcla bien. Se hace un hueco en el centro y se añade el suero de leche, mezclando hasta incorporarlo por completo.
Se separa la masa en pelotitas de unos 4 cm de diámetro y se disponen en una bandeja de horno de unos 7 cm de profundidad.
Hornear durante 45 minutos a 180 grados (con el horno precalentado).
Sacar, cortar y hornear de nuevo a baja temperatura (unos 100º) durante 3 horas (si es posible, con aire) para que se sequen y queden crujientes.

-La cocina del Mundodisco. Alguna vez ya hemos hablado de Terry Pratchett, uno de los escritores favoritos de los autores de este post. Terry, como buen inglés, no es muy de proporcionar ideas suculentas a la historia de la cocina. Casi que al contrario, pues las recetas atribuidas a los enanos (ratas con kétchup; ¿te resulta asqueroso? Prueba a probarlas sin kétchup), incluyendo su famoso pan, tan duro que puedes sentarte en él, no abren demasiado el apetito. No obstante, en una de las novelas de la saga del Mundisco se menciona un picante –en todos los sentidos- libro de recetas con el cual Tata Ogg acabó consiguiendo una fortuna, no se sabe muy bien si por su contenido en deliciosos platos o en comentarios subidos de tono. En todo caso, os recomendamos que compréis, en alguna librería física o digital, el “Nanny Ogg’s Cookbook”, la versión que se vende en este lado del multiverso. Seguro que, hasta la puntita, no tiene ningún desperdicio.
            Recomendación gastronómica. Mientras aguardáis la llegada del libro, de momento os recomendamos una receta en el blog de Cris Kitchen que se inspiró en un plato de curry elaborado por Tata Ogg. Así conseguiréis que os suba la temperatura… por el curry, claro.

-Fabada a muerte en Cocina&Fusión. Dos palabras: te descojonas. No podemos ser más sinceros. El autor, Falsarius Chef, lleva ya unos años haciéndose famoso gracias a su estrafalaria apariencia (las gafas y la nariz postiza a lo Groucho Marx no desprenden demasiada confianza) y a las recetas de “falsa cocina” que en televisión, libros y en su propio blog emplean elementos con tan poco glamour como latas de conservas, botes de legumbres cocidas o vasitos de arroz al microondas. En este caso, el propio Falsarius es el protagonista de la novela, donde nos plantea la resolución de un crimen al mismo tiempo que trata de pasar desapercibido en medio del prestigioso evento culinario de “Cocina&Fusión”. Las ventajas adicionales del libro, tal y como lo describiría el propio Falsarisus Chef, es que vienen las recetas al final, y además se lee en dos carcajadas. Ideal para los que siempre le han tenido miedo a la cocina y al fin se han atrevido a preguntar.
            Recomendación gastronómica. A pesar de que Falsarius es un especialista en latas (y eso queda bien claro a lo largo de la trama de la novela), hoy vamos a recomendar una sorprendente especialidad: la empanalleta, un snack que combina las mejores propiedades tanto de las galletas como de las empanadillas, y que harán las delicias de aquellos que no son capaces de decidirse sobre qué tomar a media mañana.
                                              
                                               Receta de las Empanalletas

Vamos a utilizar puré de manzana de bote y unas pasas. Que las pasas, como ya eran abuelas cuando las compramos, no decepcionan nunca.

Ingredientes: 1 bote de puré de manzanas (el mío de Hero y se encuentra en el Carrefour, por ejemplo), 1 paquete de pasas, 1 paquete de masa para empanadillas, azúcar y canela.

Preparación: sacamos la bandeja del horno y lo ponemos a calentar a 200 grados. Ponemos un plato hondo con azúcar, humedecemos con agua la oblea de empanadilla un poco por una cara y la ponemos sobre en la azúcar, presionando, para que se quede pegadilla. Sacamos la empanadilla y por el otro lado ponemos unas pasas, una cucharadita de puré de manzana, un poco de azúcar y espolvoreamos con canela. Cerramos, sellando los bordes con un tenedor. Cuando tengamos listas todas las que queramos, extendemos papel de horno (o papel de aluminio) en la bandeja del horno, ponemos las empanadillas encima y adentro. En 10 o 12 minutos estarán listas y el azúcar del exterior endurecida, lo que va darles al morderlas un aire crujiente de galleta, que luego con el interior blandito, se nos convierte en gozosa empanadilla de manzana.

            Esperamos que estas recomendaciones os hayan resultado muy gustosas. Para los que os hayáis quedado con hambre, no guardéis reparo. El próximo post sobre el tema tendrá un toque parecido, pero estará dedicado, en vez de a libros, a películas. Hasta entonces, felices lecturas, y también felices banquetes. Bon apettit.

lunes, 31 de julio de 2017

La historia corta de agosto: Dedicadas a Eduardo Galeano (VII)

-Mamá, mamá, el abuelito es un rollo.
Dijo el niño, sentado encima de la alfombra, jugando a la videoconsola, con el abuelo delante, sentado en el sofá, observando el televisor.
 -Anda, Jaime, no digas esas cosas sobre tu abuelo.
-Mamá, mamá, es que el abuelito no hace nada, tan sólo está allí sentado, no hace nada divertido, mamá, mamá, es que el abuelito ni siquiera sabe jugar a la Play.
Y entonces el anciano contempló en el televisor la imagen -emitida a través del videojuego-, de sí mismo pisando la luna, y los dos hombres (que eran en realidad el mismo), se contemplaron, el uno por detrás de la escafandra, el otro, mucho más viejo, con arrugas surcando su rostro. Y el Neil Armstrong de ahora susurró:
-Yo he ido a la luna.
 Y el niño giró la cabeza, contempló al abuelo escéptico, y gritó entonces a su madre.
-Y encima chochea.

Para que estas cosas no pasen y los mayores sigan viajando con sus nietos a la Luna, enseñándoles de paso lo que han aprendido, puedes colaborar en proyectos como éste.