lunes, 18 de mayo de 2015

El relato de mayo: Ángel (Héroe II)

Ésta puede considerarse la continuación del relato que publicamos hace un tiempo bajo el título de "Héroe". Espero que os guste, y os impulse a cambiar vuestra ciudad y vuestro mundo. Un saludo.


Ángel
(Héroe II)

                La ciudad está fría, está húmeda, pero no desangelada. Nunca le faltan ángeles. Aunque éstos sean infernales o carezcan de alas. Aunque caminen bajo la lluvia con cara de mala leche y tratando de protegerse con sus paraguas. Aunque tengan que dedicarse en exclusiva a sobrevivir y no tengan oportunidad de expresar su divinidad ni apenas tiempo para producir milagros. Madrid está llena de ángeles. Lo que pasa es que la mayor parte del tiempo pasamos por encima de ellos o les escupimos mientras les apartamos con un pie hacia la basura. Ángeles que no llegan a volar.
                En esos días de frío y lluvia, cuando las hojas caídas se arrastran junto con los torrentes bajo unos coches que en cualquier giro se hallan siempre a punto de atropellar a los transeúntes, a Ángel le gusta pasearse por las calles. Embutido en su gabardina color beige, camina bajo el cielo gris de smog y las nubes cargadas de llanto, y pasa desapercibido entre los demás aspirantes a vestir ropa de espía, a pesar de que su insultante juventud y su pelo de un ingenuo rubito le hagan asemejarse, a pesar de sus casi dos metros de altura, casi con niño espigado que se ha creído mayor demasiado pronto y pasea con la ropa de un padre que le saca varias tallas de anchura por entre la jungla de tipos serios y trajeados cargados de maletines y de bombas nucleares y dispuestos a pasarle por encima a fuerza de empellones a la menor oportunidad. Pero Ángel no se amedrenta ante ellos; es más, en estos momentos, ni tan siquiera los ve. Normalmente, cuando realiza este tipo de paseos, anda escrutando las calles, con los ojos muy atentos, catalogando cada detalle del personal; uno cabría pensar, a veces, por su manera de escrutar el infinito, por la particular orientación de su cabeza por encima del firme de la calle, que está contemplando los tejados de Madrid, ésos que han salido en tantas ocasiones retratados en tantísimas películas, ambientando persecuciones, peleas o momentos de terror inquietante, expresando ecos vibrantes de resonancias neoclásicas y decimonónicas. Pero en realidad, hoy Ángel no ve ninguno de esos techos, como tampoco fija la vista en ningún edificio concreto ni de hecho se apercibe de la presencia de casi ningún individuo a su alrededor. Porque cuando Ángel pasea por Madrid, y más cuando lo hace este día, lo único que ve son pobres. Pobres en las esquinas. Pobres en las aceras. Pobres en la periferia de cafeterías en las que no entran. Pobres que le devuelven la mirada, allá donde atisba, allá donde va. Pobres que se entremezclan con la miseria de unas calles que devuelven en forma de lodo ambulante todo lo que sobre su superficie vierten los transeúntes en su caminar indiferente al pasar. Pobres que no tienen salvación. Miserables que no encuentran ayuda ni consuelo, tan sólo una cara larga que refleja en todos ellos el mismo sentimiento de angustia e impotencia y despiertan algo de conmiseración, pero también las menos empáticas desesperación, violencia y malestar. Y, por encima de todo, la duda. La duda que se hace asimismo causa común con Ángel y le obliga, le fuerza, le culpa, le empuja de un empellón de nuevo a las calles; una vez más.
                El deambular habitual de Ángel (y más en estos días de lluvia, de reacciones humanas tan distintas de las jornadas habituales, y sin embargo tan predecibles) circula de la manera más aleatoria posible, pero siempre, como por una especie de extraño magnetismo -o quizás a causa de la abundancia de las mismas, incluso en este tiempo donde escasean los ídolos que no sean comerciales o referentes a la propia persona-, termina cruzándose con la presencia sólida e insoslayable de una iglesia. Ángel, con las manos en sus bolsillos, estira la cabeza todo lo que puede, pero a pesar de eso su altura queda empeñecida en presencia de esta inmensa mole, con un Cristo crucificado el cual (aunque de tamaño diminuto cuando es contemplado desde abajo) da impresión de presidir toda la plaza, que, seguramente, en su día, cuando fue construida, giraba exclusivamente en torno a este edificio donde se regulaban los nacimientos, los grandes acontecimientos y las muertes, se controlaban los pecados y las confesiones, se administraban perdones y miedos eternos, y que incluso podía servir para esconderse de la ley humana (que no de la divina, para la cual nunca existen muros) o de cualquier mal catastrófico, climatológico o bajo embrujo de Satán, si fuera necesario. Pero ahora mismo, a Ángel este lugar de resulta de poco refugio, por no decir de ningún consuelo. Su fe, en otro tiempo fiel y duradera, se tambalea desde hace ya meses, conforme ha comprobado que este dios al que adora, odia y teme a partes iguales no puede dar respuesta a sus preguntas, que están siempre relacionadas con cómo ayudar a sus corderos, cómo ayudar a los míseros, a los desheredados, a los pobres que -de una manera o de otra- no hace más que encontrar. ¿Cómo solventar la injusticia?, se pregunta a sí mismo, ¿cómo hacer lo que es necesario?, todas esas preguntas, formuladas por todos nosotros en algún momento de la vida, repetidas desde una edad temprana e idealista hasta que se vuelven faltas de sentido, huecas, viejas fórmulas manidas de jóvenes que se las formulan como si nunca las hubiera hecho nadie porque para ellos (y a veces, esa expresión, "para ellos", es lo único importante) es la primera vez, y que a Ángel, sin embargo, a pesar de su corta edad, le suenan ya tan manidas como a los cuarentones que están de vuelta de todo con los que se topa todos los días constantemente en su camino, y eso es porque él se las ha repetido ya muchas veces aunque sea en este breve lapso de tiempo, pero eso es debido a que él ha pensado en las mismas preguntas en tantísimas ocasiones como si su respuesta fuera de su única y exclusiva responsabilidad, y el principal motivo que provoca esto es porque se las toma en serio realmente y no como simples fórmulas de compromiso que debemos seguir como parte de un camino al que acudimos como mantra solamente para que no nos sintamos mal. Y en medio de la lluvia, de los empujones y de los charcos, él pasea su mirada tan sólo aparentemente indiferente por entre las casas que sufren desahucios, por los cartones donde se alojan mendigos, donde hombres desesperados ahogan toda su pena en los bares, y tan sólo piensa, como en un bucle infinito, una frase que le atormenta, que le sume de rabia infinita, "¿qué hacer?", se interroga, como se han preguntado otros siempre, sin encontrar respuesta alguna, sin poder hacer otra cosa más que reiterar la pregunta, repetir simplemente  "¿qué hacer?".
            Quizás Dios -sigue desenrollando mientras deambula el hilo de sus pensamientos Ángel, en un largo y solitario diálogo consigo mismo que en ausencia de respuestas convincentes nunca termina del todo- no puede actuar para remediar nuestro ahogo porque le falta el instrumento a través del cual podría mediar y de cuya ausencia se lamenta día tras día porque le priva de manos y piernas para poder hacer a su antojo: es decir, de los ángeles. En todas las fuentes de las cristiandad consultadas, y a lo largo de las diversas tradiciones orales o escritas (o, como a Ángel le gustaría pensar que diría su abuela, "de toda la vida"), e incluso con referencias en mitologías y culturas más antiguas, los ángeles constituiría el elemento activo (la transformación de la potencia en el acto, que lo llamaría el santo cristiano Tomás de Aquino tomándoselo prestado del pagano Aristóteles) a través del cual Dios ejercía sus acciones salvadoras o incluso en ocasiones vengativas sobre los seres humanos, como si al Poder Supremo le diera vergüenza hacerlo por sí mismo y debiera emplear a unos matones para ejercer su labor. Y lo de matones, desde luego, les venía bien al pelo, pensaba Ángel recordando al agresivo Miguel cargando como un toro herido a mandobles con su espada, a las caras casi endemoniadas con que le dibujaba el arte medieval y los grabados de los libros antiguos, matando dragones, cercenando diablos, cualquier cosa menos lo que tuviera que ver con auxiliar de manera directa las cuitas de los seres humanos, pero también estaba el arcángel Gabriel que anunciaba embarazos divinos, los serafines, los querubines, y toda una pléyade de entes celestiales que parecían haber salido corriendo, roto su labor de conexión entre Dios y el mundo, apartados por la alta tecnología y los aviones que surcan los cielos y atraviesan las nubes, y que apenas habían dejado espacios para los entes divinos salvo quizá de manera aislada en alguno de los tejados de Madrid: una escultura de un ángel estrellado en un edificio, con la cabeza enclavada en el cemento, otro pico de aguja rematado por un ente alado de tono majestuoso y broncíneo, e incluso el rebelde Ángel Caído, situado desde sus 666 metros de altura -o eso dicen-, representando a aquel contra el que el resto de los ángeles se han de enfrentar, el eterno enemigo el cual nos recuerda la presencia intangible pero siempre constante del mal. En el mármol de Madrid estos ángeles abundan, pensaba Ángel, pero en cambio están ausentes en sus formas psíquicas y en sus actividades, expulsados de este paraíso terrenal para quizás haber emigrado hace tiempo hacia otro, en busca de aires más cálidos, como un cielo sobre Berlín donde se ha acabado el negocio y han decidido todos definitivamente disolver el antiguo grupo ascendiendo hacia arriba o por contra bajando a Tierra. "Pero nadie les ha sustituido", se repite Ángel, "nadie ha heredado su labor, y menos yo, que tampoco la he asumido, porque no he querido, o no me he atrevido, porque con ella no me he querido cargar". Porque yo también, se dice, he huido a esconderme y no he querido afrontar el fulgor celestial. Yo también tengo mi parte de culpa, y mis pecados han de ser escritos en el libro de los Salmos. Y es por ello por lo que (Ángel se dice a sí mismo) yo hoy he de pagar... he de afrontar mi parte de responsabilidad...
            Ángel vagabundea, sí, como todas las tardes -que luego se vuelven noches-, como casi todos los días, recorriendo rincones ya transitados e incluso previstos, también adentrándose por lugares desconocidos pero en una sincrónica periodicidad, como si eso también fuera algo programado... pero lo que no ha querido repetirse a sí mismo es que este día es algo especial. Hoy es un día en que la desesperación le ha azuzado especialmente. No sabe si es el mal tiempo, la humedad, las malas caras que coloca a propósito o inconscientemente la gente, no sabe si fue el último caso flagrante que encontró de injusticia y que no fue capaz de arreglar, no sabe si es porque siente (en su batería interna, en sus entrañas) que se le están agotando de manera paulatina las reservas de piedad... Pero hoy -precisamente a causa de estas cosas, o tal vez, a pesar de todas ellas- ha tomado una decisión. No puede seguir así. No es momento de aguantar más.
             Conforme han pasado las horas, el trayecto invisible que Ángel ha seguido a través de las calles se ha ido modificando. Sus vueltas inacabables alrededor de los bloques de oficinas se han convertido en unas circunvoluciones erráticas, más absurdas, mucho menos eficaces. Se ha detenido en sitios sólo por contemplar algún especial suceso, como un camión recogiendo con desánimo la basura, una pareja también con desánimo besándose, un par de palomas con mucho ánimo despegando juntas, incluso el momento en que a estas últimas un coche deportivo las está a punto de atropellar... Se diría que Ángel está haciendo tiempo, como recorriendo conscientemente una distancia excesiva y gastando una pausa innecesaria en un camino el cual -a pesar del aparente sinsentido de su trayectoria-, en realidad circula en forma de espiral cada vez más amplia hacia un destino, al que, sin embargo, no desea llegar, y que demora en alcanzar todo lo posible. Y lo hace porque sabe que, cuando llegue allí, el juego, la ocultación, toda la posibilidad de hacer como que no ha pasado nada y de volver a casa, a su rutinaria y segura vida normal donde ninguna de estas cuitas tiene sentido, habrá desaparecido. A partir de allí, del momento en que llegue a ese sitio, todas las mentiras se habrán desvelado, y se va a acabar todo. Todo. Definitivamente. Jamás.
             Ha pasado el tiempo. Lleva caminando casi todo el día. La tarde llega a su fin. El tono plomizo y gris del cielo nuboso va dejando paso a una atmósfera oscura y sin embargo contradictoriamente limpia: el aire parece más claro después de la lluvia, despejada la contaminación que ha caído hacia el suelo, como también se han vuelto más lúcidos los pensamientos de Ángel. Ha llegado la hora por fin de tomar una decisión y expiar sus culpas. De repente, el paso que iba a efectuar lo detiene en el aire. Realiza un giro de noventa grados a la izquierda y encamina sus pasos con firmeza. Se acabaron las irresoluciones y los rodeos. Se acabaron las divagaciones y seguir dando vueltas. Llega el momento de afrontar la verdad.
         Una vez concretado, no tarda más de diez minutos en llegar hasta su objetivo. Parece como si, ahora que hubiera terminado con las torpes circunvoluciones, las calles se hubieran alisado y enderezado para permitirle llegar más rápido. La noche se ha hecho completa y sin embargo -y al igual de como ha pasado con la lluvia-, el hecho de que hayan desaparecido todos los transeúntes casuales le ha dado un aire de mayor claridad, como si se hubieran despejado todos los elementos inertes que realmente no contaban, y tan sólo hubieran quedado los relevantes, los verdaderamente claves, iluminados silentes bajo los claros de luna: los vagabundos, aquellos a los que las calles pertenecen porque permanecen allí cuando todos los demás se han ido, aquellos que le recuerdan a nuestro caminante el motivo constante por el cual les ha vuelto a fallar; también, como una parte fundamental para la conclusión de esta historia (que, en el fondo, es la historia que al final del año será la que preocupe a todo el mundo), Ángel, que sigue caminando con la cabeza cabizbaja, calculando los segundos que le quedan hasta llegar al final de esta noche tan larga que va a motivar que tantas cosas vayan a cambiar; y finalmente Él, que aparece de improviso entre dos calles, como un inmenso faro oscuro en mitad del horizonte. Pero Él en este caso no es un dios, ni tampoco un mito, sino lo único que cabe ser idolatrado en esta impía ciudad, es decir, un bloque de hormigón y vidrio. El edificio donde, esta noche, toda la vida que Ángel ha conocido hasta entonces, de improviso, y de una vez por todas, llegará a su fin.
         Aquella enorme mole se asemeja a una iglesia y, efectivamente, este antiguo bloque de pisos abandonados, con sus gárgolas de color aún plateado brillando bajo los reflejos moteados procedentes del cielo, asemeja un altar pagano que representa todo aquello en lo que la ciudad se ha convertido con el paso del tiempo, bajo una crisis económica, social y moral que se lo ha comido todo y la ha dejado vacía por dentro, al igual que este rascacielos de paredes rajadas y sótanos inundados de ratas que sólo escapan cuando la inundación física y espiritual de la ciudad amenaza con ahogarlas definitivamente. Ángel levanta la vista desde la punta de sus zapatos, primero hacia la pequeña placita que, paradójicamente, alberga ese gran edificio, de tal manera que parece que apenas deja espacio para el resto de la calle, y donde los sin techo ya comenzaban a acomodarse bajo los soportales pero aún así se detienen a contemplarle, como si esperaran que fuera a hacer algo, como si ahora que ha llegado, todo fuera definitivamente a moverse hacia algún lado; y luego, posteriormente, Ángel mira hacia arriba, hacia el lejano final de la pared vertical, en donde se encontrará localizado en pocos minutos, una vez acceda allá. Y una vez situado allí, desde la cima, caerá.
        El viento se agita inclemente en la azotea del edificio. Nadie ha detenido a Ángel, ni siquiera en los seguramente peligrosos ascensores, que se mantienen en funcionamiento probablemente por un descuido de la compañía eléctrica, y en los que nadie vigila si alguien sube por allí o se quedará atrapado por siempre jamás. Desde allí arriba, la ciudad parece una gran mancha negra con continuos focos de luz, algunos rojos, verdes, azules, amarillos, una Babilonia corrupta y eterna que ha sobrevivido a cualquier intento periódico de limpiar el mal de la misma, sin conseguirlo nunca, tan sólo adoptando nuevas formas, incluso mimetizándose con las nuevas tendencias que han aparecido para combatirlo. Ángel lo sabe, es consciente, se siente responsable de todo eso, y por ello mira de una manera especial al vacío que se abre desde allí arriba, ese precipicio purificador; un  abismo puro que, como diría Nietzsche, te devuelve la mirada, indicándote lo que representa, y lo que es más, lo que eres tú. Ángel se da por aludido... y por ello eleva el pie hasta colocarse en el mismo borde de la cornisa, a tan sólo un centímetro de la caída fatal. La atmósfera, en forma de viento ululante, parece que no para de gritar, susurrándole intensamente al oído: "salta, salta, salta", y Ángel abre de par en par los brazos, y mientras lo hace, contempla a los lejos la sombra de los edificios, la silueta de las estatuas de Madrid, todas esas cosas que tanto contemplaba cuando elevaba la vista a ras de suelo, y que ahora le parecen tan cercanas como lejano es el mundo que ha quedado allá abajo, y sin embargo cree incluso ver a lo lejos los mendigos contemplándole indiferentes desde la plaza mientras esperan ese momento en el que se arroje definitivamente hacia ellos, en lo que se le antoja -¿al mundo?, ¿a ellos?, ¿a sí mismo?- un sublime acto de amor. Ángel cierra los ojos, y aprieta con gran intensidad los párpados: mueve los dedos para palpar entre sus yemas el aire frío y cargado de lluvia, enrarecido, como si se hallara enclavado en la cima del Everest... Aquí arriba, efectivamente, el aire parece más limpio, vacío de desazón y de malas intenciones; todo parece tan plácido, tan tranquilo. Dan ganas de abandonarse; dan ganas de ceder a la tentación de las rodillas y efectivamente saltar. Ángel aprovecha ese momento para tomar la decisión definitiva y, como traicionándose en un gesto de cansancio, comienza a caer, caer, caer, mientras siente como el aire le lleva liviano como una pluma y le acoge como un blando colchón, al menos al principio. Pero luego, conforme va cogiendo aceleración, aquel primer momento de vértigo en la boca en el estómago deja paso al terror de verse cayendo sin ninguna mediación en el vacío y, al contemplar el suelo, cada vez más cercano, dedica durante segundos a meditar acerca de, cuando impacte contra la acera, cuál será la región de su cuerpo que se estrelle primero, dónde será la zona primigenia donde el dolor más intenso se empiece a notar. En mitad de la caída a plomo, y mientras se encuentra viendo pasar todo lo que hay a su alrededor a una insólita velocidad de crucero, Ángel echa un vistazo a su alrededor a los tendederos y las ropas colgadas que no le frenan ni le ofrecen amparo, a las ventanas semiabiertas, a los pisos aún no acabados, y justo cuando vuelve la vista hacia el suelo y ya lo ve incrustarse en menos de un par de segundos directamente en frente de él, es cuando por fin abre las alas de amplia envergadura y excelso plumaje y vira en mitad de la abrupta caída en picado para levantar el vuelo, situándose a la misma altura de los ángeles alados de mármol quienes ahora, con sorpresa, le parecen contemplar. Ángel planea, segundos después, en el ambiente majestuoso de la noche, con una serenidad beatífica, como si aquella súbita aceleración de su corazón no hubiera pasado nunca, como si todo aquello, incluyendo la emoción del momento, hubiera estado cuidadosamente planeado, y seguramente, lo estaba. Por fin, Ángel se encuentra en el estado, y el modo, que hubiera deseado desde un principio. Por fin ha completado la transformación de su cuerpo, y de su alma inmortal. Ahora, las cosas, para él, para el resto de la ciudad, para el resto del mundo, van a ser muy distintas. Finalizada su metamorfosis, muchas cosas van a cambiar.
          No hay constancia de que ningún vagabundo situado en la parte de abajo de aquel edificio observara aquella caída infinita, ni que fueran testigos de la visión de aquel nuevo ángel del cielo Madrid levantar el vuelo, pero cuentan que a partir de entonces, extrañas leyendas sobre un ser alado y protector comenzaron a circular entre los sin techo, una nueva esperanza que trajera algo de equilibrio a esta siempre llena de espinas y -tendente a producir herida- inhóspita ciudad. Se habló del retorno de los espíritus etéreos, se dijo que, junto con ellos, habían aparecido también un grupo de guerreros a medio camino entre lo divino y lo maléfico, y aunque aquello sembró muchos corazones de zozobra y hasta de pánico, hubo una silente mayoría que contempló aquel futuro como una promesa de ilusión y de creencia, por la que volver a soñar. Porque allí, desde los cielos, por primera vez en mucho tiempo, al contemplar nuestras acciones innobles y cómo los hombres nos maltratábamos con desprecio, por fin, alguien estaría mirando. Y, al contemplar nuestros sufrimientos y desvelos, ese alguien, desde allá arriba -o un grupo de compañeros que iban ya despertando, para incredulidad e incomprensión de quienes por primera vez vieron aparecerlos-, iban, independientemente de los rezos, esta vez de verdad a actuar.

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